Pues ya regresé de mi entierro. Uy dios¡ del mío no¡ del de mi excuñada, dios la tenga en su gloria. Yo, que aunque ya no guardo relación con el cabestro ni su pútrida familia, siempre he sabido estar en mi sitio. Además, después de pasar estos años, me he dado cuenta de que, a esta cuñada, siempre la tuve simpatía. Al principio no la soportaba pero, con la distancia, me he dado cuenta de que tal vez solo fuese a causa de la envidia.
Y es que mi cuñada siempre fué muy puta. Bueno, cobrar no cobraba, pero le iban mucho los hombres y el alterne. En aquellos tiempos a las niñas de familia católica y recta no se las llamaba putas, se las llamaba "ligeras de cascos".
El caso es que tampoco se podía esperar nada diferente. Mi suegra, era una fiera corrupia, un mal bicho (así se esté pudriendo en el infierno), una beata arpía. Mi suegro un fascista recalcitrante y machista. Mi cuñado, el guardía civil, un putero, y el cabestro un pedazo gilipollas, tonto del culo, guarro y peludo. A ella solo le quedaban dos caminos: o monja o puta y, la verdad, ella era la más lúcida de la familia asi que la decisión fue sencilla.
Gustaba de llevar el pelo muy corto, igual que las minifaldas, que hasta sus propios hermanos la palmeaban el culo y le decían barrabasadas tales como "si no fuera por lo que es te ponía a cuatro patas"·
Yo me santiguaba más que nada por la impresión que me daba imaginarme aquella escena. Bastante sabía yo lo que era sufrir a aquel panzudo peludo sobre mi y escuchando aquellos estertores en mi oreja, mientras se aliviaba con gusto. Lo peor era preguntarme cosas tan depravadas como sí su hermana sería tan peluda como él.
Solo de imaginarme a ellos dos en semejante postura, revolcados como dos cerdos y con esa pelambrera, me producía una desazón y un sin vivir que no pude por menos que irme a confesar con el cura. De las pocas veces que lo hecho, he de decirlo. Y menos que lo hice después, ya que el cura me gritó escandalizado y me recriminó tener una mente tan sucia, eso si, me hizo prometer que volvería en cuanto sucumbiese a pensamientos tan enfermizos y pecaminosos. Todo esto me lo dijo entre susurros y medio jadeante. Yo atribuí aquellos jipidos al malestar que le ocasioné al padre. Luego, con el tiempo y la experiencia, me di cuenta que aquel cura era un cerdo y lo único que quería era menearsela a costa de mis pensamientos oscuros.
No obstante, les saco de dudas. Mi cuñada tenía la piel bien tersa, blanquita y sin un solo pelo. Esto lo descubrí un día que la vi lucir un bikini de escándalo que casi le produce una embolia a su madre y a sus dos hermanos dos buenas erecciones, éstas sin el casi.
Lo cierto es que mi cuñada se benefició a todo aquello que llevaba pantalones. No le hacía ascos a nada y a mi me miraba con cara de lástima y me decía: tu vente conmigo que no has visto mundo. Y, claro, yo nunca me fuí con ella, cosa que lamenté mucho, la verdad.
No dejaba de repetir que su familia era una mierda y que deberían, por lo tanto, vivir rodeados de ella. Un buen día la sorprendí con un montón de medias de cristal rotas guardadas en un cajón. Y un par en las manos con algo dentro de ellas. Se asomó a la ventana y las lanzó contra el tendido eléctrico que unía su casa con el bloque de enfrente. Así, día tras día. Aquello era todo un misterio pero yo no me atreví a preguntar. Días después un olor nauseabundo a mierda inundó la casa y cuanto más abrías las ventanas más a mierda olía. Mi suegra, que siempre tenía un gesto como si tuviese un pedo debajo de la nariz, aquellos días parecía que le hubiesen cagado en la misma cara. Mientras tanto mi cuñada no dejaba de reirse a carcajada limpia. Finalmente consiguieron agarrar una de las medias, que ya se contaban por decenas, y la abrieron para ver que coño era aquello que olía tan mal. Mi cuñado, el de la benemérita, que tenía complejo de Colombo, llegó a la deducción de que los chavales se habían dedicado a colgar pájaros muertos. Finalmente, cuando abrieron aquella media, lo que se encontraron fue un pedazo zurullo de mierda tan gorda como mi brazo.
Después de aquel día supe que mi cuñada era más de los mios que de los suyos. Había tenido la santa paciencia de ir cagando dentro de cada media, hasta que consiguió rodearles de la misma a los suyos, como venganza por haber nacido en una familia a la que detestaba.
Finalmente se casó de blanco y preñada, cosa que casi mata del susto a la vieja, a toda prisa y a la fuerza, con un lerdo al que nunca soportó demasiado. Vivió años amargos durante su matrimonio para, finalmente, fugarse con un cubano con el que acabó sus días.
En el entierro todos intentaron tapar el asunto pero era la comidilla en los corrillos. La había palmado refocilando con el cubano, bastante más joven que ella, en una noche de pasión en la que, al parecer, no le había dado tregua, gritando de placer y despertando a todo el vecindario. Murió con la sonrisa en la cara y toda espatarrada. Lo cual no deja de ser poético porque era la posición que más le gustaba.
Yo me esperé a que todos se fueran, entre otras cosas, porque al cabestro se le ocurrió la feliz idea de proponerme yacer como marido y mujer para rememorar los viejos tiempos. Solo de pensarlo se me pusieron los pelos como escarpias, no sin antes decirle que no follaría con él ni aunque de ello dependiese mi vida. Solo pensar en su asqueroso cuerpo peludo me dan arcadas.
Una vez se fueron saqué una placa que había encargado, en la que ponía: ¡más vale jarta que farta¡. Yo se que mi cuñada lo entenderá y se estará descojonando de la risa allá donde haya llegado, donde a buen seguro no tendrá tiempo de ponerse una braga.
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mas puta que las gallinas,
pero que peludo que es el cabestro
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DE CUARESMAS Y ATRACONES
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eso es follar lo demas tonteria,
MENUDA LONGANIZA ME HE COMIDO,
menudo cuerpazo,
que gustazo me he dado por dios,
quiero cuerpos sudorosos
Jamás he sido mujer de buscar notoriedad. Lo cierto es que, por mi educación católica y mi edad, mamé de esos principios que decían "en boca cerrada no entran moscas" y aprendí por ferrea mano que "la mujer calladita y con la cabeza gacha está más guapa".
Precisamente ha sido ahora, a mis años, que me he líado la manta a la cabeza y he decidido hacer lo que me viene en gana y me piden mis carnes, cuando empiezo a gozar de una popularidad que no merezco ni necesito.
La culpa la tiene ese periodicucho difamador que se empeña en inventarme idilios con el Sargento de la Guardía Civil de Boyullos o con Don Ulpiano, el párroco del pueblo. Lo último ya lo saben ustedes. Me acusaron de mantener relaciones con el cura ese de Toledo, ese que trabaja a tiempo parcial como gigoló.
Bien saben ustedes que no me avergüenza reconocer que refocilo muy gustosamente con integrantes del clero, pero a esos integrantes los escojo yo. ¡¡Faltaría más¡¡ Que una puede tener sus gustos y manías, pero con cierto criterio¡¡
Después de sufrir vejaciones con el cabestro de mi exmarido, como supondrán, no voy a permitir que me monte un individuo que parece primo hermano del primero.
En fin, dicho esto, solo me queda pedirles disculpas por mis largas ausencias. Lo cierto es que he tenido problemas con ese Sr. Todolocasco, el sargento de la Guardia Civil del pueblo. Verán ustedes, en una de sus visitas para aclarar el asunto del supuesto ataque a Don Ulpiano, encontró en mi casa unas plantitas que me había regalado un mozo que me reparó la valla del huerto.
La verdad es que el muchacho me dejó la valla como nueva. Bueno la valla y lo que no era la valla. Tenía mucha soltura con los trabajos manuales. Ni se imaginan como trabajaba con las manos, ¡que destreza¡. El caso es que daba gusto observarle y verlo sudar. Tanto gusto que me empezaron a dar unos sofocos que no le pasaron inadvertidos. Reconozco con cierto pudor que el muchacho era excesivamente joven pero, ¿cuantas veces te pone el señor un premio así en el camino?, pocas, muy pocas, y a mi edad una no se puede permitir según que lujos. Y, ¿para que negarlo?, él no dejaba de mirarme las tetas que, aunque una ya tiene cierta edad, aún conserva unas ubres tersas y turgentes, capaces de "izar" el "mástil" de cualquiera solo con mirarlas.
El caso es que yo me ofrecí a ayudarle con la dichosa valla, y entre sus sudores, mis apreturas y mis sofocos, el no pudo eludir lo que mis ojos le pedían a gritos. Allí mismo, sobre las lechugas y los calabacines me tumbó con una fuerza que, por un momento, creí sucumbir a un ciclón.
Aún me tiemblan las piernas cada vez que me acuerdo con que rapidez se arrancó aquella camiseta blanca, toda sudada, para dejar su torso desnudo. Eso era un cuerpo y no el de la Benemérita¡¡
Jamás pensé que un macho pudiese hacer alarde de semejante vigor. Porque entre mis piernas han hallado cobijo y calor muchos machos pero ninguno con la fuerza de semejante toro. Aquel morenazo, porque tenía el pelo negro y la mirada cetrina, me subio a los altares, y nunca mejor dicho. Yo no sabía si abandonarme al placer que sentía cada vez que empujaba su miembro dentro de mi cuerpo o seguir disfrutando del placer que me provocaba mirarle aquellos tremendos biceps. ¡Señores, que brazos¡¡¡. Parecía esculpido en piedra. Que poderío¡¡ Que fisionomía¡¡¡ Y yo todos aquellos años sufriendo a aquel cerdo seboso y peludo de uñas aguileñas.
Solo se que, en mitad de esa vorágine, yo perdí mi ropa. Quedé totalmente encuerada sobre la tierra húmeda, revolcándome con aquel pedazo jabato, destrozando todas las tomateras y aullando como una loba desquiciada. Tanto debí gritar que mis pobres cerdos se volvieron locos y comenzaron a chillar como alimañas. Lo curioso es que aquellos chillidos excitaron sobre manera al muchacho y, allí mismo, se dedicó a darme mordiscos en los pezones y en los carrillos del culo mientras imitaba el ruido de los gorrinos, porque hasta a cuatro patas me puso.
Y, miren ustedes, siempre odié que me pusiesen en esa posición porque me traía malos recuerdos. Nada más pensar en ello se me revolvía el estómago de recordar como el cabestro me ponía de semejante guisa en la cama, se desabrochaba los pantalones, dejandolos a la altura de las rodillas, y refocilaba contra mi trasero, mientras me decía, "disfruta perra, que va a ser rápido. Esto lo acabo yo en menos que canta un gallo". Y era cierto, el muy hijo de puta se corría en 5 minutos pero me dejaba el cuerpo destrozado y el alma encabronada por no poder negarme a sus bajos instintos. Porque ya saben ustedes que en aquellos tiempos la esposa jamás debía negarse a sus deberes conyugales, aunque a mi nadie me dijo que mis deberes debía cumplirlos con aquel barrigón, con el culo lleno de pelos y las uñas más negras que el carbón.
Lo cierto es que este joven me ha curado de aquel trauma y ahora no dejo de soñar que me ando a cuatro patas todo el día mientras el musculoso me posee por toda mi hacienda.
Terminamos exhaustos, revolcados en barro, yo con las rodillas desolladas, la entrepierna dolorida y afónica perdida, pero con un relajo en el cuerpo que no recordaba en años. Porque solo oir imitar a los gorrinos me produjo tal éxtasis comparable al que sienten ciertos curas cuando me follan. Después de aquello él lió un cigarro que nos supo a gloria y que a mi me dejó una risa floja durante horas mientras miraba el estropicio de mi huerto, las lechugas espachurradas, las tomateras echadas a perder y los calabacines machacados.
Me dejó como regalo las plantitas, esas que el Todolocasco se empeñó en requisarme. Obviamente no lo consiguió cuando vió como se me hinchaban las venas del cuello al amenazarle con rebanarle el pescuezo igual que hacen con los gorrinos en las matanzas. Y aquí ando, esperando a que el mozo se deje caer, a ver si me arregla una puerta que se ha descolgado y, de paso nos damos un homenaje. Mientras tanto, de vez en cuando, me fumo unos de esos cigarrillos y, oigan¡¡, que relajo que me entra¡¡
Y ahora me despido de ustedes. Desgraciadamente me toca ir de entierro. Mi excuñada, la hermana del cabestro ha fallecido y no puedo negarme a asistir a su sepelio. A la vuelta les cuento...Eso si, no pienso confesarme aunque el cura de la familia me lo pida. A ver como le digo que, no solo no he respetado la cuaresma de Semana Santa, sino que además me he puesto a chorizo y longaniza hasta las trancas. Y ya saben a que longaniza me refiero....
Precisamente ha sido ahora, a mis años, que me he líado la manta a la cabeza y he decidido hacer lo que me viene en gana y me piden mis carnes, cuando empiezo a gozar de una popularidad que no merezco ni necesito.
La culpa la tiene ese periodicucho difamador que se empeña en inventarme idilios con el Sargento de la Guardía Civil de Boyullos o con Don Ulpiano, el párroco del pueblo. Lo último ya lo saben ustedes. Me acusaron de mantener relaciones con el cura ese de Toledo, ese que trabaja a tiempo parcial como gigoló.
Bien saben ustedes que no me avergüenza reconocer que refocilo muy gustosamente con integrantes del clero, pero a esos integrantes los escojo yo. ¡¡Faltaría más¡¡ Que una puede tener sus gustos y manías, pero con cierto criterio¡¡
Después de sufrir vejaciones con el cabestro de mi exmarido, como supondrán, no voy a permitir que me monte un individuo que parece primo hermano del primero.
En fin, dicho esto, solo me queda pedirles disculpas por mis largas ausencias. Lo cierto es que he tenido problemas con ese Sr. Todolocasco, el sargento de la Guardia Civil del pueblo. Verán ustedes, en una de sus visitas para aclarar el asunto del supuesto ataque a Don Ulpiano, encontró en mi casa unas plantitas que me había regalado un mozo que me reparó la valla del huerto.
La verdad es que el muchacho me dejó la valla como nueva. Bueno la valla y lo que no era la valla. Tenía mucha soltura con los trabajos manuales. Ni se imaginan como trabajaba con las manos, ¡que destreza¡. El caso es que daba gusto observarle y verlo sudar. Tanto gusto que me empezaron a dar unos sofocos que no le pasaron inadvertidos. Reconozco con cierto pudor que el muchacho era excesivamente joven pero, ¿cuantas veces te pone el señor un premio así en el camino?, pocas, muy pocas, y a mi edad una no se puede permitir según que lujos. Y, ¿para que negarlo?, él no dejaba de mirarme las tetas que, aunque una ya tiene cierta edad, aún conserva unas ubres tersas y turgentes, capaces de "izar" el "mástil" de cualquiera solo con mirarlas.
El caso es que yo me ofrecí a ayudarle con la dichosa valla, y entre sus sudores, mis apreturas y mis sofocos, el no pudo eludir lo que mis ojos le pedían a gritos. Allí mismo, sobre las lechugas y los calabacines me tumbó con una fuerza que, por un momento, creí sucumbir a un ciclón.
Aún me tiemblan las piernas cada vez que me acuerdo con que rapidez se arrancó aquella camiseta blanca, toda sudada, para dejar su torso desnudo. Eso era un cuerpo y no el de la Benemérita¡¡
Jamás pensé que un macho pudiese hacer alarde de semejante vigor. Porque entre mis piernas han hallado cobijo y calor muchos machos pero ninguno con la fuerza de semejante toro. Aquel morenazo, porque tenía el pelo negro y la mirada cetrina, me subio a los altares, y nunca mejor dicho. Yo no sabía si abandonarme al placer que sentía cada vez que empujaba su miembro dentro de mi cuerpo o seguir disfrutando del placer que me provocaba mirarle aquellos tremendos biceps. ¡Señores, que brazos¡¡¡. Parecía esculpido en piedra. Que poderío¡¡ Que fisionomía¡¡¡ Y yo todos aquellos años sufriendo a aquel cerdo seboso y peludo de uñas aguileñas.
Solo se que, en mitad de esa vorágine, yo perdí mi ropa. Quedé totalmente encuerada sobre la tierra húmeda, revolcándome con aquel pedazo jabato, destrozando todas las tomateras y aullando como una loba desquiciada. Tanto debí gritar que mis pobres cerdos se volvieron locos y comenzaron a chillar como alimañas. Lo curioso es que aquellos chillidos excitaron sobre manera al muchacho y, allí mismo, se dedicó a darme mordiscos en los pezones y en los carrillos del culo mientras imitaba el ruido de los gorrinos, porque hasta a cuatro patas me puso.
Y, miren ustedes, siempre odié que me pusiesen en esa posición porque me traía malos recuerdos. Nada más pensar en ello se me revolvía el estómago de recordar como el cabestro me ponía de semejante guisa en la cama, se desabrochaba los pantalones, dejandolos a la altura de las rodillas, y refocilaba contra mi trasero, mientras me decía, "disfruta perra, que va a ser rápido. Esto lo acabo yo en menos que canta un gallo". Y era cierto, el muy hijo de puta se corría en 5 minutos pero me dejaba el cuerpo destrozado y el alma encabronada por no poder negarme a sus bajos instintos. Porque ya saben ustedes que en aquellos tiempos la esposa jamás debía negarse a sus deberes conyugales, aunque a mi nadie me dijo que mis deberes debía cumplirlos con aquel barrigón, con el culo lleno de pelos y las uñas más negras que el carbón.
Lo cierto es que este joven me ha curado de aquel trauma y ahora no dejo de soñar que me ando a cuatro patas todo el día mientras el musculoso me posee por toda mi hacienda.
Terminamos exhaustos, revolcados en barro, yo con las rodillas desolladas, la entrepierna dolorida y afónica perdida, pero con un relajo en el cuerpo que no recordaba en años. Porque solo oir imitar a los gorrinos me produjo tal éxtasis comparable al que sienten ciertos curas cuando me follan. Después de aquello él lió un cigarro que nos supo a gloria y que a mi me dejó una risa floja durante horas mientras miraba el estropicio de mi huerto, las lechugas espachurradas, las tomateras echadas a perder y los calabacines machacados.
Me dejó como regalo las plantitas, esas que el Todolocasco se empeñó en requisarme. Obviamente no lo consiguió cuando vió como se me hinchaban las venas del cuello al amenazarle con rebanarle el pescuezo igual que hacen con los gorrinos en las matanzas. Y aquí ando, esperando a que el mozo se deje caer, a ver si me arregla una puerta que se ha descolgado y, de paso nos damos un homenaje. Mientras tanto, de vez en cuando, me fumo unos de esos cigarrillos y, oigan¡¡, que relajo que me entra¡¡
Y ahora me despido de ustedes. Desgraciadamente me toca ir de entierro. Mi excuñada, la hermana del cabestro ha fallecido y no puedo negarme a asistir a su sepelio. A la vuelta les cuento...Eso si, no pienso confesarme aunque el cura de la familia me lo pida. A ver como le digo que, no solo no he respetado la cuaresma de Semana Santa, sino que además me he puesto a chorizo y longaniza hasta las trancas. Y ya saben a que longaniza me refiero....
DE GUSTOS Y DISGUSTOS
A lo largo de mi vida he sufrido todo tipo de tropiezos. He superado, no sin esfuerzo, dolor y vergüenza, humillaciones de todo tipo, pero, lo que menos me podía imaginar es que, a la vejez viruelas, era que me iba a encontrar con que un periodicucho de mierda me iba a difamar de semejante manera. Todo esto me parece demencial porque, bien saben ustedes, yo soy una mujer normal y corriente, sin afan de notoriedad y, desde luego, nada dada a salir en medios de comunicación o algo parecido. Dios me libre¡¡ No soy la Esteban ni la Obregon. Bastante tengo yo con mi cruz como para cargar con cruces ajenas.
Lo cierto es que dicho periodicucho se ha dedicado a difamarme ligándome al cura ese de Toledo que se ha hecho famoso por ejercer de Gigoló. Bien saben ustedes que no le hago ascos a una sotana pero eso no quiere decir que refocile con cualquier mindundi que lleve alzacuellos. Este periodico tiende a confundir las churras con las merinas y eso no lo consiento.
Disfruto levantandome las faldas ante un cura, si señor, pero un cura como dios manda, no ante individuos como este. Miren ustedes, yo nada más ver la foto con la que se anunciaba este pobre infeliz no supe si reirme o echarme a llorar. ¿Acaso alguien puede creer que yo me iría con este tipejo? Cualquiera que me conozca y sepa de mis historias sabría que sería incapaz de permitir que me poseyera un individuo con el trasero lleno de pelos, como bien puede observarse en la foto. Bastante tuve con los pelos del cabestro como para refocilar con uno que me lo recordase cada vez que le palpara el culo.
Y que decir de esos calzoncillos. Que aunque yo sea ya una mujer madura tengo el gusto refinado y no consiento que alguien con semejantes gayumbos me tumbe ni en mesa ni en pajar cualquiera.
Lo que me asombra de toda esta historia es que el infeliz éste consiguiese clientela, ¡¡y que precios¡¡. Solo me queda pensar que hay mucha depravada con la mente muy perjudicada para consentir que le folle un individuo tan ridículo, que posa de esa guisa, metiendo tripa, y luciendo esos huevos colganderos. Porque, ¿alguien se ha fijado en sus partes pudendas? ¿Acaso no sienten ustedes el mismo repelús que siento yo al ver como le cuelgan los cherolicos?
Desde luego viendo esta imagen solo me queda pensar en como está la Iglesia. Entre curas deficientes como éste y esa panda de pederestas que ocultan entre sus miembros, solo me queda pensar que, verdaderamente, yo hago un bien superior a la iglesia, porque compartiendo mi cuerpo y regalando placeres carnales evito que esos pobres descarriados anden restregando el miembro en donde no deben.
Estoy pensando seriamente ofrecer mis servicios al Papa, entiendanme, no para gozar con el Papa, que me da pánico con esos dientes, sino ofrecer mis servicios a la Iglesia y que el Papa disponga de mi cuerpo para que todos los miembros de la curia disfruten de mis carnes morenas y, así, hacer un bien a la humanidad, y librar a todos esos pobres niños, de todos estos pederastas.
Porque no puede ser sano pasarse la vida sin meter el churro en caliente. Y nada más caliente que lo que guardo entre mis piernas. Asi que, queda dicho, me ofrezco, como buena cristiana, para que todo aquel cura que lo necesite desahogue su fuego y calentura entre mis carnes, arrullos y abrazos. Y lo hago de buena voluntad y sin pedir nada a cambio. Luego, cuando yo muera, pueden conservar mi cuerpo incorrupto, como una reliquía, incluso canonizarme, pues el bien que le voy a hacer a la Iglesia no es pecata minuta. Eso si, el cura de Toledo que se abstenga. Por ahí si que no paso.
Y dicho esto voy a seguir dando de comer a mis gorrinos. Prometo regresar en breve para seguir contando las peripecias de mi vida.
Lo cierto es que dicho periodicucho se ha dedicado a difamarme ligándome al cura ese de Toledo que se ha hecho famoso por ejercer de Gigoló. Bien saben ustedes que no le hago ascos a una sotana pero eso no quiere decir que refocile con cualquier mindundi que lleve alzacuellos. Este periodico tiende a confundir las churras con las merinas y eso no lo consiento.
Disfruto levantandome las faldas ante un cura, si señor, pero un cura como dios manda, no ante individuos como este. Miren ustedes, yo nada más ver la foto con la que se anunciaba este pobre infeliz no supe si reirme o echarme a llorar. ¿Acaso alguien puede creer que yo me iría con este tipejo? Cualquiera que me conozca y sepa de mis historias sabría que sería incapaz de permitir que me poseyera un individuo con el trasero lleno de pelos, como bien puede observarse en la foto. Bastante tuve con los pelos del cabestro como para refocilar con uno que me lo recordase cada vez que le palpara el culo.
Y que decir de esos calzoncillos. Que aunque yo sea ya una mujer madura tengo el gusto refinado y no consiento que alguien con semejantes gayumbos me tumbe ni en mesa ni en pajar cualquiera.
Lo que me asombra de toda esta historia es que el infeliz éste consiguiese clientela, ¡¡y que precios¡¡. Solo me queda pensar que hay mucha depravada con la mente muy perjudicada para consentir que le folle un individuo tan ridículo, que posa de esa guisa, metiendo tripa, y luciendo esos huevos colganderos. Porque, ¿alguien se ha fijado en sus partes pudendas? ¿Acaso no sienten ustedes el mismo repelús que siento yo al ver como le cuelgan los cherolicos?
Desde luego viendo esta imagen solo me queda pensar en como está la Iglesia. Entre curas deficientes como éste y esa panda de pederestas que ocultan entre sus miembros, solo me queda pensar que, verdaderamente, yo hago un bien superior a la iglesia, porque compartiendo mi cuerpo y regalando placeres carnales evito que esos pobres descarriados anden restregando el miembro en donde no deben.
Estoy pensando seriamente ofrecer mis servicios al Papa, entiendanme, no para gozar con el Papa, que me da pánico con esos dientes, sino ofrecer mis servicios a la Iglesia y que el Papa disponga de mi cuerpo para que todos los miembros de la curia disfruten de mis carnes morenas y, así, hacer un bien a la humanidad, y librar a todos esos pobres niños, de todos estos pederastas.
Porque no puede ser sano pasarse la vida sin meter el churro en caliente. Y nada más caliente que lo que guardo entre mis piernas. Asi que, queda dicho, me ofrezco, como buena cristiana, para que todo aquel cura que lo necesite desahogue su fuego y calentura entre mis carnes, arrullos y abrazos. Y lo hago de buena voluntad y sin pedir nada a cambio. Luego, cuando yo muera, pueden conservar mi cuerpo incorrupto, como una reliquía, incluso canonizarme, pues el bien que le voy a hacer a la Iglesia no es pecata minuta. Eso si, el cura de Toledo que se abstenga. Por ahí si que no paso.
Y dicho esto voy a seguir dando de comer a mis gorrinos. Prometo regresar en breve para seguir contando las peripecias de mi vida.
DE PAREJAS Y UNIFORMADOS
5:03 |
Y como prometí, he vuelto para seguirles contando la historia que a medias dejé. Y andaba contandoles yo del hermano del cabestro y de mis andanzas y problemas en el Cuartel de la Guardia Civil, con quien prefiero no tener demasiados tratos a causa del mal recuerdo que guardo del cabrón de mi excuñado.
Porque el cabestro, como mandaban los cánones en toda familia católica, era el padre de familia aparentemente formal y putero en extremo, su hermano era el Guardia Civil y su hermana, lejos de meterse a monja, se dedicó a prodigar la palabra de dios y sus enseñanzas con su propio cuerpo. Más claro, que seguía a rajatabla aquello de "amaos los unos a los otros" y "sed generosos con el prójimo", "dad de beber al sediento" y cosas por el estilo. Huelga decir que ella, fiel devota del señor, daba de beber con sus propias ubres si era preciso, a todo aquel que se lo solicitaba.
Pero de mi cuñada hablaré otro día.
Pero de mi cuñada hablaré otro día.
El caso es que mi cuñado consiguió hacerme sentir una gran animadversión hacía esos hombres unioformados de verde y es por ello que procuro no acercarme mucho. Es más, siempre me han atraído los uniformes pero estos solo despiertan en mi ganas de salir corriendo. Aún recuerdo la primera vez que vi al susodicho. El cabestro me lo presentó, enchido de orgullo. Aquello de tener en la familia a un "verde" daba prestigio y poder, sobre todo porque tenían manga ancha para hacer lo que sus santos cojones decían.
Recuerdo con asco a aquel palurdo de pelo en pecho. Con aquel mostacho, aquel barrigón sobresaliendo del pantalón y el cinturón y esos pelos en las orejas. Desde luego no podían negar que eran hermanos. Pero todo lo que tenía de tonto los cojones mi marido, lo tenía de hijoputismo el hermano.
Nada más quedarnos a solas me palpó las nalgas y, a modo de gracieta, que ni puñetera la gracia me hizo, me dijo que estaba a mi disposición y que todo "quedaba en familia". Que el bravo y el macho de la casa era él y que me lo demostraba en cuanto yo quisiese.
Al momento comprendí que más me valía estar lejos de aquel patán si no quería acabar de patas abiertas y violentada por el cuerpo con más "prestigio" de las fuerzas de seguridad del Estado. Sobre todo porque no dejaba de repetirme aquello de que su lema era "todo por la Patria" y me daba pavor pensar que el muy hijo de puta quisiera fornicarme amparándose en ese principio. Porque yo he podido amar mucho a mi patria pero no hasta el extremo de tener que permitir que dos cerdos de la misma familia me monten.
Lo que si me quedó claro es que "el honor es mi divisa" no era precisamente su lema. De sobra eran conocidas en el vecindario sus incursiones sorpresa a los prostíbulos más conocidos y a los no tanto. Entraba como Atila en los locales exigiendo las mejores botellas y las mejores putas obligándolas ha satisfacer sus más bajos instintos, mientras se pimplaba buenos whiskis para después marcharse sin pagar un solo duro por las consumiciones ni los deleites carnales.
El muy cabrón les dejaba muy claro que eso era un servicio que le hacían a la patria. Cuantas atrocidades en nombre de la patria se han perpetrado en nuestro país.
Y pobre del que se quejase, que inmediatamente había redada y les cerraban el negocio dejando a las pobres putas a merced de cualquier desaprensivo y pasando frío por esas calles de dios.
Muchos de los que me leen pensarán que, al final, el cerdo éste recibió su merecido, pero lo cierto es que se jubiló con honores y, ahora jubilado, eso si, se aprovecha todo lo que puede de su antiguo puesto, para seguir bebiendo de gorra. Lo de las putas ahora ya lo tiene más difícil y ha de pagar sus servicios como todo buen cristiano. Aunque, sinceramente, no creo que tenga dinero suficiente para pagar tremenda penitencia porque compadezco a la pobre que tenga que hacerle una mamada. Este era de los que el agua cuanto más lejos mejor y la fama de sus ladillas era harto conocida en los prostíbulos y todos los cuarteles de la provincia.
Afortunadamente, ahora, hay otros sistemas para seleccionar a los integrandes de La Benemérita, incluso salen en la prensa, en portadas de revistas y las mujeres ocupan puestos de responsabilidad. Vamos, que ya era hora de que se modernizaran y abandonaran esa imagen de asalta cubles de carretera que tenían antaño. Por fin se han desprendido de esa pátina franquista que les rodeaba siempre y empiezan a ser lo que siempre debieron ser. Un cuerpo de seguridad para proteger al ciudadano, no arrasar con él. De cualquier manera, a pesar de que estos chicos de ahora son de buena casta, yo no puedo evitar sentir un repelús en la nuca cada vez que me cruzo con una pareja de los susodichos. Y es que aquel cuñado me dejó grabado para siempre ese miedo atávico a las parejas vestidas de verde y a ese gorro que siempre me ha parecido una máquina de escribir. Porque, entre ustedes y yo, ese cuerpo se habrá modernizado pero ¡manda cojones¡ con el uniforme.
Y aquí me despido hasta otra ocasión, si dios no lo remedia, en la que seguiré contándoles mis andanzas.
Recuerdo con asco a aquel palurdo de pelo en pecho. Con aquel mostacho, aquel barrigón sobresaliendo del pantalón y el cinturón y esos pelos en las orejas. Desde luego no podían negar que eran hermanos. Pero todo lo que tenía de tonto los cojones mi marido, lo tenía de hijoputismo el hermano.
Nada más quedarnos a solas me palpó las nalgas y, a modo de gracieta, que ni puñetera la gracia me hizo, me dijo que estaba a mi disposición y que todo "quedaba en familia". Que el bravo y el macho de la casa era él y que me lo demostraba en cuanto yo quisiese.
Al momento comprendí que más me valía estar lejos de aquel patán si no quería acabar de patas abiertas y violentada por el cuerpo con más "prestigio" de las fuerzas de seguridad del Estado. Sobre todo porque no dejaba de repetirme aquello de que su lema era "todo por la Patria" y me daba pavor pensar que el muy hijo de puta quisiera fornicarme amparándose en ese principio. Porque yo he podido amar mucho a mi patria pero no hasta el extremo de tener que permitir que dos cerdos de la misma familia me monten.
Lo que si me quedó claro es que "el honor es mi divisa" no era precisamente su lema. De sobra eran conocidas en el vecindario sus incursiones sorpresa a los prostíbulos más conocidos y a los no tanto. Entraba como Atila en los locales exigiendo las mejores botellas y las mejores putas obligándolas ha satisfacer sus más bajos instintos, mientras se pimplaba buenos whiskis para después marcharse sin pagar un solo duro por las consumiciones ni los deleites carnales.
El muy cabrón les dejaba muy claro que eso era un servicio que le hacían a la patria. Cuantas atrocidades en nombre de la patria se han perpetrado en nuestro país.
Y pobre del que se quejase, que inmediatamente había redada y les cerraban el negocio dejando a las pobres putas a merced de cualquier desaprensivo y pasando frío por esas calles de dios.
Muchos de los que me leen pensarán que, al final, el cerdo éste recibió su merecido, pero lo cierto es que se jubiló con honores y, ahora jubilado, eso si, se aprovecha todo lo que puede de su antiguo puesto, para seguir bebiendo de gorra. Lo de las putas ahora ya lo tiene más difícil y ha de pagar sus servicios como todo buen cristiano. Aunque, sinceramente, no creo que tenga dinero suficiente para pagar tremenda penitencia porque compadezco a la pobre que tenga que hacerle una mamada. Este era de los que el agua cuanto más lejos mejor y la fama de sus ladillas era harto conocida en los prostíbulos y todos los cuarteles de la provincia.
Afortunadamente, ahora, hay otros sistemas para seleccionar a los integrandes de La Benemérita, incluso salen en la prensa, en portadas de revistas y las mujeres ocupan puestos de responsabilidad. Vamos, que ya era hora de que se modernizaran y abandonaran esa imagen de asalta cubles de carretera que tenían antaño. Por fin se han desprendido de esa pátina franquista que les rodeaba siempre y empiezan a ser lo que siempre debieron ser. Un cuerpo de seguridad para proteger al ciudadano, no arrasar con él. De cualquier manera, a pesar de que estos chicos de ahora son de buena casta, yo no puedo evitar sentir un repelús en la nuca cada vez que me cruzo con una pareja de los susodichos. Y es que aquel cuñado me dejó grabado para siempre ese miedo atávico a las parejas vestidas de verde y a ese gorro que siempre me ha parecido una máquina de escribir. Porque, entre ustedes y yo, ese cuerpo se habrá modernizado pero ¡manda cojones¡ con el uniforme.
Y aquí me despido hasta otra ocasión, si dios no lo remedia, en la que seguiré contándoles mis andanzas.
DE DENUNCIAS Y CALENTONES
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Siempre había creído que esto de aparecer en la prensa era cosa que solo les ocurría a famosas, famosillas y otras señoras que, por haber fornicado con el torero de turno, habían saltado al mundo del colorín para solaz y alegría de todas esas personas que, como yo, lo admito, devoramos las vidas ajenas con fruición y entusiasmo. ¡¡Pues no habré llorado yo veces con las obras, milagros y desventuras de Belén Esteban¡¡. Esa sufrida madre que tiene que aguantar una cruz casi tan grande como la mía.
Pero estos días me he dado cuenta de que cualquiera podemos ser objeto de ser perseguidos y yo misma, una mujer humilde, sin ningún afán de notoriedad, ha visto su nombre mancillado en un periodicucho del tres al cuarto. Que ya les digo yo que eso que cuentan son falacias y mentiras. Lo que ocurre es que la envidia es muy mala y esa perra judía, esa vecina que no da su nombre, esa alma caritativa, ha contado lo que ha querido o, más bien, ha imaginado su mente calenturienta. ¡Pero que mala es la envidia¡ Como bien decía mi abuela, que tenía la sabiduría del pueblo, "si la envidia fuese tiña...", pues eso, la deslenguada esta sería una tiñosa de tomo y lomo.
Lo cierto es que yo me dirigía a misa, como cada tarde, no porque yo sea una beata, que ya he dejado claro que los años pasados junto al cabestro me curaron de espanto y me vacunaron contra cualquier sermón eclesiástico, sino más bien por ese gusto malsano que siento al ver a un hombre con sotana. Y es que en el pueblo tampoco hay mucho que ver y una ha de alegrar la vista aunque solo sea unos momentos deleitándose en la observación de un alzacuellos.
Yo acudo a misa y dejo volar la imaginación y por un ratito imagino escenas lujuriosas con Don Ulpiano y así me marcho a casa relajada y contenta y con un aura de iluminada que hasta santa parezco, con la conciencia tranquila y con el cuerpo algo alborotado, eso si.
Pero la noche de autos, como dicen en las series policiacas, llegué un poco antes de que diera comienzo la misa y, como me extrañó no encontrar al cura, me acerqué a la Sacristía por si le hubiese ocurrido algo. Ultimamente le noto algo alterado. Cuando me ve le cuesta respirar y la cara se le pone roja como un pimiento. Yo, que he leído cosas sobre medicina, me preocupé por su saturación de oxígeno, al ver como se alteraba al verme entrar en la sacristía. Porque, allí estaba él, vistiendose con sus ropas para dar misa.
No voy a negar que mis instintos de hembra se despertaron a un tiempo viendo al pater, a medio vestir, y resoplando como un toro en plena lucha. Lo cierto es, que temiendo yo se me desplomase al suelo por una insuficiencia respiratoria, me ofrecí a ayudarle desabrochandole el alzacuellos y soplándole en la cara para refrescarlo.
El pobre hombre, viendo que se ahogaba, me pedía que lo auxiliase y yo, que no sigo los dictados de la iglesia, pero que soy buena cristiana, me dispuse a darle un buen masaje cardiaco y a hacerle la respiración boca a boca, como cualquier alma caritativa hubiese hecho en tremendo momento.
Lo cierto es que no aún no consigo entender que fue lo que me ocurrió pero algo se despertó en mi interior. No se si fué la manera en la que él agitaba su lengua en mi boca o la celeridad con la que su miembro viril se convertía en una roca mientras se apretujaba contra mi cuerpo. La pura verdad es que, de buena gana, lo hubiese montado allí mismo para resucitarlo y arrancarselo de las garras a la parca, porque a mi me parecía que aquel hombre iba a cascarla de un momento a otro. Sus ojos miraban fijos, suplicantes, mientras sus manos se aferraban a mi culo para que no me separase de él.
De nada sirvió explicarle a la vecina chismosa que nos denunció que yo solo quería salvarle. Que le estaba administrando mis conocimientos de primeros auxilios. La muy puerca, nada más vernos en el suelo, salió corriendo por la iglesia, a voz en grito, diciendo que la Porquera estaba mancillando la casa de dios y que, en un ataque de lujuria, estaba abusando del cura. Pobre infeliz.
Lo cierto es que el revuelo armado por esa arpía alertó a las fuerzas vivas del pueblo, o lo que es lo mismo, a la benemérita, que se presentó de ipsofacto en la iglesia, seguido por una caterva de cotillas, ávidas de chismorreos con los que llenar sus vacías y aburridas vidas e insulsas camas.
Y las cosas no han sucedido como ese panfleto reaccionario ha publicado en sus páginas. Que yo me encontraba administrándole los primeros auxilios, en el suelo, eso si. Que yo entiendo que, a bote pronto, la imagen nuestra pudiese llevar a error, pero lo suyo es preguntar primero.
Lo cierto es que Don Ulpiano parecía estar recuperándose cuando, sin saber de donde venían, se abalanzaron sobre mi dos jovenzuelos fornidos, vestidos de verde. Me llevaron presa a las dependencias de la Guardia Civil y no con un comisario, como dicen esos sátrapas embusteros.
Y no, no me fugué con el Comandante del Cuartel. Dios me libre. No quiero tratos con la Guardia Civil, y no porque haya tenido problemas con la ley, sino porque bastante tuve con sufrir al hermano del cabestro, que pertenecia al cuerpo y bien que se aprovechó del uniforme para cometer todo tipo de tropelías.
Y perdonenme ustedes que les deje con la historia a la mitad pero es que estoy escuchando gruñir a mis cerdos pidiendo su ración de comida. Prometo regresar en breve para seguir dando habida cuenta de esta historia y de otras.
Continuará....
DE LARGAS AUSENCIAS
Me acerco por aquí solo para decirles, queridos amigos, que no he abandonado este rincón donde les hago partícipes de las experiencias y penas de mi sufrida y dilatada vida.
Volveré pronto, es una promesa en firma, tan pronto como salga del calabozo donde me han encerrado injustamente. Yo solo seguía los preceptos que me han inculcado desde niña:
Hay que ser misericordioso, hay que compartir con el pobre, hay que saciar al "que tiene sed". En fin, yo solo quise darle lo que el me pedía....
Volveré pronto con todos ustedes....
DEL REY DE LOS CERDOS Y LOS RAYOS ULTRAVIOLETA
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"efectos solares" "calentamientos y quemazones" Benidorm "aquellos bronceadores de antano" "el que es tarugo tarugo se muere"
Es tremendo ver como pasa el tiempo sin que apenas nos demos cuenta. Eso ratifica mi creencia de que, siendo la vida tan corta como es, uno ha de aprovechar cada momento y disfrutar en esta vida todo lo que uno pueda porque yo, a pesar de las enseñanzas que recibí en mi mas tierna infancia, no creo en la vida eterna ni la vida más allá de la muerte y, mucho menos, que esta vida, la que ahora estamos disfrutando, tenga que ser un valle de lágrimas, un mero paso de sufrimiento y penurias para ganarse ese tan prometido cielo y del que nadie ha vuelto para contarnos sus bondades.
Es más, a estas alturas de mi dilatada vida, no me creo eso de que hay un cielo que nos espera, más que nada porque observo de cerca a esos orondos y rellenos miembros del alto clero y no veo que ellos penen ni se priven de ningun placer aquí en la tierra.
Y como, a donde fueres haz lo que vieres, pues yo, viendo como los eclesiásticos disfrutan de esta única vida que conozco, hago lo propio, a saber: como, duermo, río y follo como si cada día fuese el último.
Y como, a donde fueres haz lo que vieres, pues yo, viendo como los eclesiásticos disfrutan de esta única vida que conozco, hago lo propio, a saber: como, duermo, río y follo como si cada día fuese el último.
Y dicho esto, que no se a que viene a cuento, pero aquí está no me queda más que disculparme por mi dilatado abandono de ésta, mi casa, y de ustedes que me reclaman de vez en cuando.
En mi descargo solo puedo decir que estos meses he tenido mucho más trabajo con los puercos del que pensaba y...¡ que coño¡ pues que he andado entretenida con cierto mozo que me tenía ocupadisima en los tiempos muertos que me daban los cerdos.
No obstante, ya les daré detalles de mis andanzas pero primero terminaré por contar la historia en la que andaba metida la última vez que pasé por aquí.
Lo primero decir que me llevé tremenda alegría cuando me enteré de que Quinín se había salvado y de que el puerco vivía a cuerpo de rey en una aldea donde campaba a sus anchas. Que vive tan bien que no se si decir que el dicho hay que darlo la vuelta y empezar a decir que los reyes viven a cuerpo de cerdo. Y si, ya se lo andan algunos pensando. Que hay cerdos que parecen reyes y reyes que parecen cerdos pero no seré yo quien entre en esa polémica.
Si mal no recuerdo estaba contando el verano aquel que pasé en Benidorm junto al cabestro y mis cinco hijos. Andaba yo diciendo que me pasaba las mañanas rezando para que el cerdo de mi marido se ahogase en plena orilla y así poder librarme de tamaño infame. Pero, como siempre que uno lo necesita, dios no escuchó mis plegarias, aunque bien es verdad que cuando te cierra una puerta te abre una ventana. Aunque he llegado a la conclusión de que debe abrirla para que nosotros, pobres mortales, saltemos en plena desesperación y acabemos con tanto sufrimiento.
Lo cierto es que aquellas vacaciones fueron esperpénticas. Yo no veía el momento de volver a la tranquilidad de mi hogar. Bueno, si no tranquilidad, al menos si monotonía. Desde luego era mucho menos vergonzoso saber que el cabestro se iba de putas, ¡pobres¡, que verlo babear detrás de las suecas que se paseaban por aquellas playas y que no le hacían el menor caso.
Gracias a dios o, más bien, a la dependienta de una tienda a pie de playa, la solución a mis desdichas vino de la mano de aquel frasco con olor a coco y con unos pequeños limoncitos colgando del tapón a modo de adorno.
Mis hijos, que desde luego nunca han tenido demasiadas luces, herencia del cabrón del padre, no dejaban de envidiar los torsos morenos de todos los jóvenes que se paseaban junto a aquellas suecas. Pensaban, los muy imbéciles que todo el éxito de aquellos maromos en las artes del ligoteo playero residían en el mayor o menor grado del moreno de la piel.
Pobres infelices. Aún hoy siguen sin entender que una mujer se fija en un hombre no solo por su físico, sino por su inteligencia. Bueno y otras se fijan en la cartera, pero esas suelen ser putas muy listas. Lástima que yo no hubiese sido una de ellas y que ahora me pille ya tan vieja. El caso es que el cabestro y mi prole estaban blancos como la leche. Lo único que lucían moreno eran el careto, el cuello, y los brazos. Ese moreno que los graciosos les da por llamar agroman y que, desde luego, no va desencaminado, porque mira que eran "agro" los seis. Más agro que las amapolas.
El caso es que recibieron esos frascos de aceite como quien recibe el maná en el desierto y cada mañana se embadurnaban el cuerpo con el, desprendiendo un olor tremendamente agradable y dulzón. He de reconocer que su olor a coco era tremendamente embriagador pero que, al formar aquella simbiosis con el cuerpo nauseabundo del cabestro, ha dejado una marca indeleble en mi memoria. Hasta el punto de que no puedo entrar a una de esas tiendas del Yves Rocher, esas que venden cremas con olor a coco, porque es percibir ese aroma y aparecerseme el tripón y el cuerpo deforme y vomitivo del cerdo de mi ex en pelotas por aquellas playas.
Y es que hay cosas que una no puede superar. El muy cabrón, junto al mejunje aquel, se compró un bañador con estampado de leopardo. Un bañador de esos que marcan el paquete. Tremendamente ajustado. Yo creo que fue una venganza de la dependienta, que harta de aguantar sus babosadas, le vendió aquel modelito, tres tallas más pequeño, solo para reirse de él y para conseguir provocarle alguna infección urinaria. Porque cuando se quitaba el bañador aquel llevaba la marca de las gomas en todos los huevos y practicamente en la punta de la verga.
Pero él se paseaba por la playa, intentando meter aquel buche peludo, sin resultado, claro está. Con su piel blanquecina y reluciente y aquella barriga y su espalda cubierta de pelos negros y repugnantes. Se embadurnaban los seis con aquel aceite y se paseaban playa arriba, playa abajo, como si fuesen el mismo Paul Belmondo en la Riviera francesa. Con aquel bañador ínfimo y ridículo y paquete de bisonte sujeto por el bañador junto a la cintura.
Los muy lerdos tenían el convencimiento de que, despidiendo aquel olor, y brillando cual cerdos untados de mantequilla antes de ser asados sobre unas buenas ascuas, se llevarían a aquellas suecas al huerto. Pobres infelices.
Sobra decir que eran el hazmerreir de aquella zona de playa. Yo intentaba esconderme bajo mi enorme sombrero de paja y jugueteaba con la idea de que fuesen barridos por una ola gigante que los borrase de aquella playa, cual tsunami oceánico, pero ni por esas.
Lo cierto es que el milagro llegó cuando menos lo esperaba. Llegadas las dos de la tarde me extrañé de que mi asquerosa progenie y el cerdo de su padre no hubiesen hecho acto de presencia reclamando atiborrarse de comida y cerveza.
Intenté otear entre la multitud y solo podía ver un montón de bellezones rubios de largas piernas y empitonadas tetas en plena algarabía y a risotada limpia. Yo no entendía aquel jolgorio y pensé que debía haber alguna especie de titiritero montando un numerito. Cual no sería mi sorpresa al ver acercarse 6 cuerpos en la lejanía, deslumbrando con un rojo sangre que hacía daño a la vista.
A medida que los seis cuerpos se acercaban, con una sonrisa bobalicona en la cara, he de confesar, me di cuenta de que eran esos 6 hijos de puta que me amargaban la vida desde tiempos inmemoriales. Los muy tarados se habían achicharrado de tanto untarse aquel aceitazo, con el agravante de sus múltiples paseos en busca de la sueca perfecta. Eso, junto al hecho de que solían salpicarse agua como subnormales mientras jugaban en la orilla intentando provocar choques accidentales con las turistas para tocarles las tetas, habían conseguido potenciar los efectos solares de tal manera que su aspecto era el del mismo San Isidro labrador en plena parrilla atea.
No recuerdo que me dejó más perpleja, si las quemaduras de tercer grado con despellejamiento y ampollas de la piel incluídas, o el estado de catatonia conjunta que tenían los muy lerdos al ver la atención que despertaban entre las jacas playeras.
Finalmente, cuando se les pasó el estado de alucinamiento conjunto amén del calentamiento de huevos pertinente (huelga decir el dolor de los mismos que tuvieron durante días después del tremendo calenton y no poder desahogar sus bajos instintos) entraron en un estado de lamento continuo por el dolor y las punzadas que les daban las quemaduras en todo su cuerpo.
Tuve que acompañar a los seis al servicio de urgencias, donde los médicos se dedicaron ha hacerles un monton de fotos con el fin de documentar un estudio sobre los efectos nocivos de la toma de baños de sol constante.
He de decir que el resto de las vacaciones se las pasaron tumbados en el apartamento, cubiertos por paños de agua con té, profiriendo alaridos cual cerdo degollado por buen matarife, mientras yo tomaba mis baños de sol y disfrutaba, por fin, de mis merecidas vacaciones. Y, lo que son las cosas, quiso Dios o quien quiera que fuese, que conociese en esas playas a un maromo de tomo y lomo con el que, por primera vez en mi vida, forniqué como el señor me trajo al mundo, sobre la arena húmeda de Benidorm bañada por las olas del mar. Eso si, sufrí las consecuencias. Un leve escozor en las ingles y la entrepierna de tanto roce con la arena, y es que el bigardo embestía con la fuerza de un toro de lidia.
Y con esto me despido hasta la próxima, no sin antes invitarles a visitar el nuevo sitio deonde escribo mis cosillas, menos autobiógraficas pero igualmente cosas que una piensa humildemente sobre la realidad de la vida. Unas buenas samaritanas me han dejado un hueco en su web y ahí dejo mis pensamientos, por si alguno de ustedes los comparte y quiere dejar su opinión. Espero verles por allí. Solo tienen que ir buscando el conejo de la Salus.
Cuidense.
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