Estoy pensando en ampliar la familia, animal, por supuesto. Yo ya no estoy en edad de procrear y tampoco tengo el cuerpo para sustos. Podría recurrir a la ciencia pero creo que ya cumplí con mi obligación de madre. Cinco fueron suficientes.
Creo que unas gallinas no me vendrían mal. Me ahorraría unas perras y siempre tendría huevos frescos y de calidad, que de los otros ando más que servida.
Mi marido nunca tuvo huevos para nada, excepto para plantarme cara a mi. Con el tiempo aprendí qie me salía más a cuenta agachar la cabeza y decir a todo que si, para después hacer lo que me viniese en gana y, aun y así, tuve que soportar sus malos humos y sus babosadas durante años. El pobrecito era bastante limitado en todos los aspectos. En lo mental y en la cama.
Por eso, cuando empezó a aliviarse con putas, la más satisfecha fui yo. Sacrifiqué con gusto la pérdida de ingresos en casa, a cambio de no tener que fingir con semejante cerdo, y aguanté estoicamente los comentarios maledicentes de las vecinas. No me importó que comentasen que vivía en babia o que algunas, mucho más lacerantes con sus lenguas viperinas, insinuasen que era una "cornuda consentida".
A mi lo que dijese la gente me la traía al pairo. Pues no estaba yo poco bien con mi "pepe" descansado y sin tener que aguantar "las incursiones" torpes y desagradables de semejante borracho baboso.
Si bien, el mal trago era breve, de pocos recursos y pocas florituras erótico-festivas. En menos de 10 minutos había consumado la faena.
El muy gilipollas solía exclamar "una faena digna de un Miura", y yo me admiraba de cuan absurdo y ridículo puede resultar un "corto" de mente. Más bien parecía un cabestro despatarrado, bufando como un burro.
Sinceramente compadezco a las pobres furcias que tuvieron que soportar sus babas durante todos esos años. Tentada estuve un tiempo de ir al local de carretera que frecuentaba e invitarlas a una buena paella, y darles las gracias por el tremendo favor que me hacían.
Nunca me atreví. No hubiese sido que el cenutrio hubiese hecho aparición y, pillado en su falta, hubiese querido conquistarme de nuevo "volviendo al redil".
Con lo bien que vivía yo mientras el refocilaba como una bestia parda con aquellas pobres infelices.
Durante un tiempo tuve la esperanza de que mis cinco vástagos fuesen distintos. Luego tan solo me conformaba con que uno de ellos fuese un hombre de provecho y como dios manda.Finalmente acepté que mejor hubiese críado los cinco cerdos que ahora tengo. Habría sacado tremendos jamones, y, en vez de jamones, lo único que conseguí fueron tremendos chorizos pegados en la taza del bater.
Porque eso si, heredaron la perfección y buen funcionamiento del tracto intestinal de mi padre, que en paz descanse, un gran hombre que jamás supo lo que era un estreñimiento. Y mis hijos cagar, cagaban como dios y como padre.
Jamás necesitaron ingerir fibra. A mi, en cambio, me torturan las hemorroides, desde que tuve que parirlos.
Unas almorranas sangrientas que se inflaman cada vez que los tengo cerca, porque la sangre, lejos de subirse al cerebro, como a todo hijo de vecino, cuando se ofusca o encabrona, a mi se me baja al culo, hinchándose como las morcillas aquellas que engulló el Sangoneras, en paz descanse. Menudo regalo.





