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DE CERDOS... Y CERDOS...


Pues no he ganado los 3000 euros pero no me puedo quejar. Al menos nueve personas pensaron que me merecía unas buenas vacaciones, aunque de haber ganado con gusto habría donado el premio para salvar a QUININ, ese puerco sin par al que el desalmado de su dueño pretende sacrificar si antes no consigue el rescate de 12.000 euros que pide por su cabeza porcina. De buena gana le cedo un rincón en mi pocilga, junto a mis puercos, con heno fresco donde reposar sus hermosas y tocinas carnes si al final consiguen salvarlo de tamaña infamia.

Tentada estoy de ir al párroco de mi pueblo a pedirle que interceda por el marrano, que casi parece humano, no lo olvidemos. Ya sabemos que los párrocos están en continuo contacto asi que bien podría el mío pedirle ayuda al del pueblo de Quinín para que amenazase con excomulgar al dueño o con la condenación a las llamas eternas del infierno si no libera a Quinín de su sentencia de muerte. Que yo ya se que a todo cerdo le llega su San Martín pero ya podía, por una puta vez, hacer el milagro el dichoso santo de los cojones.

Si es preciso, no solo rezaré los avemarías y los rosarios que el pater me mande sino que, además si es preciso, prometo hacerlo mientras le practico felaciones hasta que se me pele el cielo del paladar o la piel de las rodillas. Todo sea por salvar a un marrano inocente.

Ya veis la ironía del asunto: chuparsela a un marrano para salvar a otro. Desde luego, como decía la perra de mi exsuegra: los caminos de dios son misteriosos e inexcrutables. Y como decía mi vecina: todo en esta vida tiene un precio.
Además no sería la primera vez que la Iglesia intercede por un puerco. Tengo entendido que lo hace desde tiempos inmemoriales. Y si no que no que se lo preguntan a Monseñor Rouco que de interceder por marranos sabe un rato. Miedo me daría tener que levantarle el manto papal a Don Benedicto que a saber la de cochinos que ampara bajo el mismo. Pero de esto mejor os puede hablar mi amigo Amalio Repeinez. Os recomiendo que paseis por su casa. Es una enciclopedia abierta para conocer a fondo los entresijos de tan enorme "obra" divina.


El caso es que tendré que postergar mi viaje al Caribe. Me temo que tendré que ir a Benidorm. No es que me disguste pero no me trae recuerdos demasiado gratos. La última vez que estuve allí fue con la Bestia Parda de mi ex y esos cinco hijos de puta que tengo por hijos. Fue aquel año en el que el cabestro se empeñó en destrozarnos el culo y las hemorroides con aquel papel de lija con el que nos limpiábamos el trasero.

Finalmente ahorramos el dinero pero aquellas vacaciones no dejaban de recordarme que habían sido sufragadas con el dolor de unas almorranas inflamadas y regueros de sangre. Veía Benidorm en los carteles y yo, instintivamente, contraía el culo para evitar cagar. Hasta que punto resulté traumatizada que, si alguien me mienta el dichoso pueblo, siento que me clavan alfileres en el mismo agujero del culo.
El caso es que aquellas vacaciones, vistas desde hoy, me recuerdan a las españoladas de Alfredo Landa, porque estos lerdos se comportaban como verdaderos gañanes. Como unos palurdos, claro que cada uno lo que es.

La verdad sea dicha, yo también estaba sorprendida pero procuraba disimular para no parecer una taruga de pueblo y es que llegamos y aquello era otro mundo.

Había muchas extranjeras y todas medio desnudas. Bueno, comparado con ahora, eran bastante recatadas, pero aquellos bikinis eran escandalosos para una mujer católica como yo y un riesgo enorme para la tensión alterial de mi descerebrada progenie y el cabrón de su padre.
El cabestro se pasaba el día babeando, con los ojos fuera de las órbitas y, por un momento, creí que le iba a dar un siroco al no saber para donde mirar de tanta jaca rubia como paseaba por la playa.
El bajar cada mañana se convirtió en un suplicio. Cargados con la sombrilla, los cubos, la nevera con los bocadillos, las alpargatas, hasta unas aletas para bucear y un tubo rarísimo teníamos que llevar y, una vez avistaban la arena, me cargaban con todos los trastos y salían corriendo a situarse en el mejor lugar para sus "avistamientos" como decían los muy asquerosos.
Aquel espectáculo era vomitivo pero, al menos, me dejaban durante un tiempo disfrutar de mis baños de sol.
Yo no dejaba de preguntarme para que querían mis vástagos aquel tubito tan raro. Se ponían aquellos pies de goma y se metían el tubo en la boca para luego zambullirse en el mar. El cabestro no dejaba de gritarles con gesto airado y su cara se tornaba de un rojo chillón y yo no acertaba a comprender el porqué. Creía que sentía envídia de que mi descendencia pudiese adentrarse en el mar, ya que el mamón de mi esposo no había aprendido a nadar, pero no era exactamente por ese motivo. Lo comprendí cuando una rubia despampanante le plantó un hostión como dios manda y sin consagrar en toda la jeta al mayor de mis hijos.
Los muy hijoputas utilizaban el tubo para sumergirse en la playa y, mientras uno le bajaba el bikini a la sueca de turno, el otro se ponía las botas contemplándole el fafarique a la susodicha.
Lo cierto es que el cabestro era todo un espectáculo. Se metía en el mar hasta donde le cubría por la rodilla y luego se iba sentando poco a poco en el agua, moviendo los brazos, simulando que era un nadador experto, cuando en realidad parecía un león marino embarrancado en la arena.
El y su enorme barriga peluda eran la atracción de feria de cada mañana y yo no podía por menos que sentirme avergonzada. Me pasaba la mañana bajo mi sombrero de paja mientras rezaba con absoluta devoción al mismísimo dios rogándole para que aquel asqueroso peludo se ahogase en aquella pequeña balsa de agua en la que chapoteaba como un cerdo revolcado en lodo....
continuará...

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DE TORTILLAS, PREMIOS Y TORTILLERAS

Premios 20Blogs Me he presentado a un concurso. Ya se que es una locura y desde luego no es muy propio de mi, pero me han contado que hay un suculento premio y me he dicho: ¡que coño, Salustiana¡ Ya se que es muy difícil que gane pero también es difícil que gane a la lotería y juego. Es más, hay más posibilidades de que te parta un rayo que de que te toque la lotería, que lo leí yo hace un tiempo.


No es que crea en la suerte pero de vez en cuando llega. Y es que ese dinero me vendría de perlas para darme unas buenas vacaciones.

Es la segunda vez que me presento a un concurso. La primera vez fue hace muchos años. Todo el mundo alababa mis tortillas de patata. Cada vez que venía alguien a comer a casa decían que eran las mejores tortillas del mundo. El cabestro se hinchaba como un pavo, todo orgulloso, como si el que hiciese las tortillas fuese el mismo. El muy cabrón creía en conciencia que, como yo era una especie de posesión suya, pues todos mis méritos no dejaban de ser sus méritos. El muy hijo de puta, que no sabía hacer ni un huevo frito.

Tal era su orgullo que no dejaba de presumir de mis dotes en la cocina y, de paso, dejaba caer que no fue hasta que nos casamos que yo no empecé a cocinar como dios manda, porque él tuvo que darme unas lecciones básicas para que supiese hacer los platos tal y como los cocinaba su santa madre. Eso si, siempre acababa la frase con la misma coletilla: "claro que, como mi santa madre, ella no ha conseguido cocinar nunca, pero es que mi madre era única, con ella rompieron el molde".

Su madre, menuda zorra. Una arpía con cara de bruja que me amargó la existencia hasta el día que estiró la pata. Recuerdo que ese día fuí a la iglesia, pero no a rezar por su alma, como creía el cabestro, sino a ponerle diez velas a la virgen por haberme hecho el milagro de librarme de tamaña fiera corrupía y, de paso, pedirle que la dejasen un buen tiempo en el infierno para que se quemara las cuencas de los ojos. A punto estuve de gritarle al cura que me montara allí mismo, en pleno altar, solo para celebrar la alegría que me había producido el óbito de la susodicha y, de paso, darle un gusto al cura, que no dejaba de mirarme las tetas, a mayor gloria de nuestro señor en las alturas.

Pero ya tendré tiempo de hablaros de mi suegra. El caso es que al cabestro, empeñado en colocarse los laureles, me apuntó a un concurso de tortillas en el barrio sin haberme consultado. A mi no es que me disgustase la idea pero me daba pavor pensar que, precisamente esa vez, podía no quedarme tan sabrosa como de costumbre.

Llegado el día del evento me dispuse a hacer la dichosa tortilla. Allí estabamos todas las mujeres del barrio vestidas con nuestras mejores galas esperando el veredicto. Mientras ellos se dedicaban a beber vino, nosotras teníamos que sonreir cada vez que alguien del jurado cataba nuestra tortilla. Yo que quería salir corriendo y no dejaba de pensar que como no ganase aquel dichoso concurso iba a tener gresca durante quince dias con aquella bola de sebo peluda, o lo que era peor, si ganaba, el muy cabrón se pasaría los días queriendo refocilar conmigo a todas horas con la excusa de celebrar la victoria.

Finalmente dieron el veredicto y la tortilla ganadora fue la mía. Yo me quedé con cara de pánfila y un gesto de terror contenido. Me esperaba una noche horrible, con aquel asqueroso entre mis piernas jadeando como un cerdo, aguantando sus babosadas y ese olor fétido que siempre lo acompañaba. Él, en cambio, estalló a gritar como un loco mientras su cara se ponía roja como un tomate y se estiraba los tirantes, con los pulgares, una y otra vez. Aquellos horribles tirantes con la bandera rojigualda que tanto asco me producían. Yo no dejaba de rezar para que aquellos tirantes se soltasen y le diesen en plena cara para ver si, de aquella manera, dejaba de pegar berridos como un cerdo degollado mientras me palmeaba el culo ostentosamente delante de todo el vecindario. Por un momento llegue a imaginarmelo ahorcado con ellos, todo muy patriotico, con esos tirantes tan afectos al régimen, y con el himno de España como música de fondo.


Sobra decir que el pedazo becerro andaba bastante mamado a esas alturas del evento asi que no se percató del ridículo que estaba haciendo. Tan solo le cambió el semblante cuando me entragaron la placa y leyeron la inscripción en alto. Al hijodeputa se le cortó la borrachera de golpe: "A la mejor tortillera del barrio"

Yo no me percaté de nada en un primer momento porque seguí absorta en esa imagen nauseabunda de mi marido montándome, pero luego las risas me devolvieron a la realidad. Los vecinos se reían y aplaudían mientras a él le daban palmaditas haciendo chistes fáciles y un tanto asquerosos sobre la placa en cuestión y mis preferencias sexuales.
Sus amigotes, esos con los que se iba de putas por las noches y a misa de doce los domingos, no dejaban de palmearle y de decirle burradas tales como que ahora se explicaban porque visitaba tanto el burdel, que quizás "la parienta", osea yo, no cumplía en la cama de la manera tan ardiente que se esperaba de una mujer, y zarandajas por el estilo.
A mi aquello, lejos de ofenderme, tan solo me molestó. Nunca me ha gustado ser motivo de chanza de nadie y mucho menos de una panda de capillitas franquistas, beodos y puteros. Lo que si me molestó fue la sonrisita de sorna del panadero, que no dejaba de mirarme y sonreirse como si me hubiese pillado en una falta tremenda.
Que me diese asco fornicar con la bestia parda de mi marido era una cosa pero que se pusiese en duda mi fogosidad o la atracción que sentía por los hombres, era otra muy distinta.
Harto de fingir con sus amigotes y de aguantar el chaparrón el muy gilipollas me agarró del brazo y me sobó ostentosamente el culo mientras, a voz en grito para que todo el mundo lo oyese, dijo que me llevaba a casa para "asegurarse" de que su mujer cumplía como la hembra que era.
Una vez en casa al cabestro le cambió el semblante. Empezó a bufar como una mala bestia y a gritarme que de buena gana me follaba en mitad de la plaza para que esos rufianes supiesen con quien se jugaban los cuartos. El muy infeliz se sentía humillado, como si el premio hubiese sido una afrenta a su hombría, y creía firmemente que ésta se vería restablecida si me ponía a cuatro patas delante de todo el vecindario. Menudo infeliz.
El muy cabrón sabía que eso no podía hacerlo y no se le ocurrió nada mejor que bajarse la cremallera del pantalón y gritarme que ya podía ponerme de rodillas y cumplir con mis deberes conyugales. Juro por dios que aquello superó con creces todas mis pesadillas y temores. No solo había tenido que aguantar todas las hijoputeces de sus amigotes sino que, además, pretendía que le chupase esa verga asquerosa y sucia, porque a buen seguro no es que no se hubiese duchado, que no lo había hecho, sino que, además habría estado montando a alguna de esas pobres zorras a las que martirizaba con su asqueroso vergajo.
Rapidamente busque una buena excusa para no tener que ponerme de rodillas a succionarle el miembro y lo único que se me ocurrió fue decirle que tendría que confesarme con el cura al día siguiente y ya sabía él que el cura no era muy discreto con determinados temas y acabaría por pedirle cuentas a él mismo o por contarle a todo el mundo las guarradas que me pedía que le hiciese. Que recordase lo que la iglesia decia sobre el sexo, que no es por vicio ni por fornicio.... le sonreí y para convencerle le propuse hacerle la mejor tortilla que hubiese comido en su vida.
Me miró con la cara desencajada y con un bufido furibundo me espetó en plena cara que, a partir de aquel día, las tortillas las haría él. Ni que decir tiene que solo hizo una tortilla o al menos lo intentó. El muy subnormal, intentando dar una lección a mis cinco hijos, decidió lucirse en los fogones y, en vez de dar la vuelta a la tortilla como todo hijo de vecino, decidió lanzarla al aire para voltearla, como si fuese un malabarista. Aquella noche no comimos tortilla, ni ninguna otra. La del cabestro quedó pegada en el techo durante unos segundos para caer sobre su cabeza, poco después, hecha trozos chorreando huevo. Yo jamás volví a hacer una tortilla mientras viví junto a ese pedazo de animal.
Lo que si hice al día siguiente fue ir a comprar el pan bien temprano. Allí estaba, en la trastienda, el panadero, con las mangas subidas y manchado de harina, amasando el pan. Me miró con la misma sonrisa burlona y me preguntó que donde residía el secreto de mis tortillas. Me di media vuelta y cerré el pestillo de la puerta. Me dirigí hacia él, le miré muy de cerca, y le contesté que el secreto era en saber como darle el punto a los huevos cuando los montas.
Por un momento el no supo que decir y yo aproveché su desconcierto para subirme a horcajadas sobre él. Aquella mañana probé en mis propias carnes la fuerza que requieren unas manos para amasar el pan como dios manda y al panadero no le quedaron dudas sobre mis preferencias sexuales ni sobre la destreza de mis manos ya fuese batiendo o en otros menesteres.
Aun guardo aquella vieja placa. La tengo en el cajón de la cómoda, junto a mis bragas. De vez en cuando la miro aunque solo sea para recordar lo bien que sienta revolcarse entre un montón de harina con un hombre fornido y duro por los cuatro costados, y para dar gracias a dios por no haber seguido con ese asqueroso barrigón porque, de haber sido así, no me duelen prendas decir que hubiese llevado a mucha honra el cartel de tortillera, porque hubiese preferido acostarme con cien mil mujeres antes que con aquel guarro impenitente, eso si, después de haberme beneficiado al de los panes.

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DE ECONOMÍA Y DESGARROS ANALES

Premios 20Blogs


















Al párroco de mi pueblo, en sus sermones dominicales, le ha dado por alertar del pecado y la concupiscencia que esconden estos "aparatos, hijos del demonio", los ordenadores y eso del internet. Yo me sonrío descaradamente, mientras cruzo mis piernas, luciendo mis muslos a la par que a él se le salen los ojos de las órbitas. Sigo disfrutando como una mala puta cuando el cura se empalma.



Me pareció exagerado ese ataque a una simple máquina donde uno encuentra tantas cosas curiosas y donde, yo misma, doy rienda suelta a mi lengua y mis recuerdos y, de paso, me despacho agusto contra tantos prejuicios y tantos años de oscurantismo y represión marital.

Pero he de reconocer que algo de razón tenía el párroco porque ayer mismo descubrí un blog donde un tal Vinicio escribía unas cosas que me produjeron un placer inusitado. El latiquillo de gusto que me corrió por las vértebras me hizo sentir tremendamente excitada.

Resulta incomprensible que una mujer como yo, que solo cree en las relaciones un tanto tradicionales, pueda sentir este nerviosismo en el estómago cada vez que leo a este desconocido, pero es que es mi alma gemela.


Leyendole recordé algunas cosas de mi pasado que, si bien ahora no dejan de tener su gracia, por aquel entonces me producían un gran pesar, amén de buenas escoceduras en las posaderas.


Contaba este hombre experiencias con el uso del papel higiénico de hace años. Aquel papel que llamaban "elefante" y que algunos de vosotros, jovenes amigos, no habreis sufrido en vuestros tiernos culos.

Era ese papel tieso como la mojama, de color marrón, que se usaba para envolver los churros y las porras. Aquel papel era el más barato y el único que existía, pero tiempo después aparecieron los de celulosa suave. Recuerdo con especial dolor ese papel por su dureza y por la tortura que suponía limpiarte el trasero después de defecar.


Una se buscaba trucos para pasar el mal trago y arrugaba un trozo de papel para domarlo y reblandecerlo pero ni por esas. Cuando surgió ese nuevo invento de la celulosa no pude contenerme y compré unos rollos a pesar de lo caros que eran. Cagar se convirtió en un placer y no dejaba de pasarme el papel por el culo solo para sentir esa suavidad donde antes solo había escozor y tortura. Cuantas lágrimas he derramado a causa de ese mal trago que suponía el tener que evacuar.


Pero que poco dura la alegría en casa de los pobres. Tuvo que venir el cabestro, cabrón impenitente, a destrozar aquel momento de relajo y distendiemiento. Y es que, si algo aprende uno con los años, es que hay cosas sagradas, entre ellas el cagar a gusto.


Al saber del precio de los rollos de celulosa, el muy hijo de puta, montó en cólera. Aquello suponía un incremento en los gastos de la compra y por ende un recorte en el dinero ahorrado y la imposibilidad de pasar agosto en Benidorm, su máxima ambición en la vida.


El muy cerdo no dejaba de frotarse las manos y la verga, todo hay que decirlo, pensando en todas esas suecas luciéndo minúsculos bikinis e, incluso, haciendo top less. Esa nueva moda de las extranjeras, algo que en misa mi esposo condenaba ferviertemente pero que, en la intimidad del burdel, con sus amigotes, no dejaba de alabar.



Yo que aguanté estoicamente durante un tiempo los sufrimientos provocados por tremenda estraza no pude soportarlo más allá del tercer parto. El tercero de mis vástagos, con su tremendo cabezón, igualito al cabezón del hijoputa de su padre, me había regalado tremendas almorranas que sangraban virulentamente ante el contacto del papel de marras.


Aquello era como pasarse una lija del 40 por el mismo agujero del culo y, entre sollozos y bufidos, cual Escarlata O´Hara con un puñado de tierra en el puño, en mi caso un trozo de papel ensangrentado y enmierdado, me dije que nunca más sufriría los tormentos de tamaño castigo.


Seguí comprando el papel a escondidas y cada vez que me limpiaba las nalgas sentía una sensación de triunfo, mientras mis vástagos y el cerdo de su padre seguían lijando su apestoso y peludo trasero con aquel papel infame.



Aquello era una penitencia que, lejos de llevarles a la redención y purificación divinas, les iba a llevar derechitos al hospital, eso si, luego a Benidorm, para babear lo indecible ante aquel harén de suecas.



Pero antes de que ellos llegasen al hospital yo perdí los nervios y me planté. Aquello llegó a un límite imposible de aguantar, porque la bestia parda, cada vez que cagaba y usaba ese papel, se pelaba el pandero de tal manera que la taza del bater se llenaba de una maraña de pelos negros repugnantes que luego tenía que limpiar yo. Cierto es que durante un tiempo su culo adquirió un aspecto algo más normal pero prefería que siguiese teniendo esa apariencia repugnante y asquerosa antes que tener que recoger sus putos pelos cada vez que cagaba.


Era tal su obsesión por pasar el verano viendo mujeres con las tetas al aire que caga vez que veía el papel de lija se corría del gusto, literalmente, dejando unos manchurrones repugnantes en sus calzoncillos y pantalones. Durante algún tiempo tuve serias dudas sobre su estado mental. A menudo lo veía entrecerrar los ojos mientras un hilillo de baba le caía de la boca y sostenía entre sus dedos un pedazo de aquel papel asqueroso.



Entonces comenzaban a temblarle ligeramente las rodillas y a enrojecersele la cara de becerro. Jadeaba como un puerco asqueroso y se corría en cualquier parte de la casa, vestido, de pie, como si tal cosa, sin apenas percatarse de que estabamos los demás delante.

Los cinco hijos de puta que parí le reían la gracia y aplaudían y vitoreaban al cabestro como si fuesen a sacarle a hombres de la plaza.



Supe que aquello tenía que terminar. No iba a pasarme, hasta que llegase agosto, soportando las corridas espontaneas ni los jadeos del cabestro y, mucho menos, iba a pasarme los días limpiando los pelos de aquel culo que parecía el de un gorila. Me armé de valor y llevé los rollos que quedaban a la churrería del barrio amenazando con dilapidar el sueldo en el bingo todas tardes y recomendandoles que si no querían usar el papel que yo traía siempre podían marchar al campo a limpiarse el trasero con un canto rodado, como hacía padre en el pueblo cuando no existían las tazas del bater, y padre siempre llevo su culo limpio y sin padecer dolores.



Aquel verano fuimos a Benidorm, capítulo que dejo para otro día, a pesar del gasto en celulosa, y conseguí dejar de ver, al menos por un tiempo, aquellas manchas viscosas y blanquecinas churreteando en los pantalones del puerco, pero lo que no he podido evitar es superar lo de los pelos. A veces, cuando veía la bola de billar que tiene por cabeza me acordaba de aquel derroche capilar y le decía, con toda la mala leche, que más le hubiese valido recoger él aquellos pelos y haberse fabricado un buen peluquín.



Afortunadamente ya ha pasado el tiempo y ahora me río de aquellas cosas y me desquito a lo grande porque ahora cuando cago procuro usar del papel más caro y además perfumado, cago a gusto y con gran relajo, como han de hacerse las cosas serias e importante de la vida, porque ya se sabe: comer y cagar, todo es empezar.

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DE CONFESIONES INTIMAS


Yo soy mujer chapada a la antigua, apegada a mis tradiciones y a mis costumbres, por eso el escribir aqui ha sido toda una experiencia. Y me he encontrado un mensaje de una señora de Madrid, se hace llamar la madrileña, desafiandome desde donde ella cuenta sus cosicas, como aqui cuento yo las mías. Cierto es que su vida parece más tranquila y menos rocambolesca que la mía, pero qué sabe una de las miserias que oculta cada cual.

Pues parece ser que esta buena señora me pide que escriba sobre seis cosas que me gustan y que no tengan importancia.
Y como es de bien nacidos ser agradecidos pues espero que la respuesta satisfaga el envite lanzado.
Yo, como ya soy perro viejo, y habiendo vivido lo vivido ya no tengo falsas vergüenzas ni pudores absurdos, asi que confieso, no sin ruborizarme un poco, que a mi me gusta andar tal como me trajo mi madre al mundo por mi casa, en pelotas, hablando en plata . Nada más saludable que dejarse ventilar por el aire que entra por las ventanas y refrescarse el cuerpo. He de decir que en el pueblo en el que vivo el aire es fresco y huele a mies.
Toda una vida viviendo junto a un católico cerril y putero, emperrado en ir a misa de domingo con mantilla y bien tapadita, ha despertado en mi una necesidad, quizás malsana y pecaminosa, de pasearme de esa guisa por mi casa, mostrando mis vergüenzas y mis carnes morenas a todo el que quiera asomarse a mi ventana, porque a estas edades ya está todo el pescao vendido, y como decía mi abuela que en paz descanse: "pa lo que me queda de estar en este convento, me cago dentro". Eso si, a la calle no salgo nunca sin bragas.

¡¡Que sabia era mi abuela, redios¡¡

Me gusta pecar de gula. Suelo disfrutar de la comida como se debe disfrutar del sexo: sin recato, con exceso, con deleite, fruición, glotonería y ferocidad. Comerme unos buenos huevos fritos con chorizo en ese maravilloso aceite de oliva que hacen en mi pueblo y regodearme en sus sabores, mojar el pan en la yema y llenarme la boca hasta reventar. Pero, sobre todo, me gusta pecar de gula en época de vigilia y hartarme a carne cuando la santa madre iglesia lo prohibe. Como hasta que no puedo más y me recreo con cada pedazo de carne roja, poco hecha, que introduzco en mi boca. Confieso que me entra una satisfacción enorme cada vez que trago dicho manjar porque es un pecado más, una felonía que sumar a mi cuenta pendiente con la Iglesia, lo que aumenta el tamaño de mi venganza contra el cabestro.

Eso si, cuando me acuesto le rezo a la virgen y le pido que todos mis pecados reciban su castigo multiplicado por diez, pero que el castigo caiga sobre las espaldas del cabrón de mi exmarido, que como es buen cristiano no tendrá ningún reparo en cargar con mi culpa y mi penitencia.
Asi, a bote pronto, la tercera cosa sin importancia que me gusta hacer es provocar a la curia romana. Desde hace un tiempo he desarrollado una habilidad un tanto perniciosa, lo renoconozco. Me gusta provocar y portarme como una putilla calentorra, como solía llamarlas uno de mis vástagos, aunque él nunca apartaba sus libidinosos ojos de ellas, bueno, los ojos ni el miembro viril.

No llego a comportarme como una guarra en el amplio sentido de la palabra pero algo de ello hay. Me pongo escotes prominentes, excesivamente amplios para una mujer de mi edad y mi talla, una 110 he de confesar. Lo cierto es que la naturaleza me ha dotado de unas ubres inmensas, y es que la naturaleza es sabia, a ver si no como iba a haber amamantado a esos 5 hijos de puta que tuve que parir con dolor y tremendo arrepentimiento. Que quererlos los quiero, porque son mis hijos y hasta los animales tienen ese sentimiento, pero los quiero lejos, bien es verdad.
Pues salgo de paseo vestida de esa guisa, o más bien desvestida, enfundada en un sueter negro bien apretao, con un escote en uve vertiginoso, que casi se me pueden ver hasta las tripas, y una falda negra de tubo, para marcar bien las nalgas, y me voy hacia la iglesia del pueblo, a la hora que sé sale el cura a pasear y me pongo frente a él y lo miro con descaro y me contoneo.
No falla, el párroco empieza a ponerse colorado y a bufar como un toro, trastabillea y cambia de acera, pero tarda lo suficiente para que yo tenga constancia de la "turbación" que le provoco en esa parte de su cuerpo que el señor se ha quedado en exclusiva.
Es tanto el disfrute que siento que ahora suelo hacerlo en las iglesias de los pueblos vecinos y he de confesar con orgullo y sin sonrojos que tengo al clero de esta parte de la comarca haciendo maravillosos y floridos trabajos manuales a mayor gloria mía.
Dejenme pensar... si, la cuarta cosa que me gusta hacer es cuidar de mis cerdos. Ellos me dan la paz de espíritu que otros se han dedicado a menoscabar. Me produce un gran placer sacarlos de paseo, alimentarlos y mantenerlos limpios y bien presentables. Pobrecicos míos, son tan agradecidos que no dan disgusto alguno, y tampoco mucho trabajo, y, aunque les llamen gorrinos, no dejan de ser los animales más limpios que he conocido.
No entiendo como se ha acuñado esa frase que dice "apestas como un cerdo". Señal de que quien la utilizó por primera vez tiene un gran desconocimiento de tan noble animal. Más bien debería haber conocido al asqueroso de mi exmarido. Ese si que mataba con el hedor que desprendía todo su cuerpo, incluidos agujeros por donde podían manar fluídos corporales.
Y la quinta y la sexta cosa que más me gustan, y que no tienen importancia, las tengo aún pendientes porque aun no las he descubierto, pero prometo hacerlo en breve y dar puntual detalle a ustedes que me leen y me siguen.
Son pequeñas asignaturas pendientes que me quedan y que pienso aprobar antes de que la parca venga a buscarme. Y esto es una promesa en firme.

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DE SARRO, BARRIGONES Y PIES SUDADOS






CONTINÚA...









Finalmente me lanzó sobre la cama, ya desnuda y agotada de tanto forcejeo, y decidí que mejor dejarme facer antes que perder la vida en tremenda pelea, porque aquello parecía un combate entre animales salvajes y yo solo quería acabar con aquella horrible peripecia.
Poco imaginaba yo que aquello solo acababa de empezar.

Me quedé sobre la cama en cueros, tal como mi madre me trajo al mundo, con los ojos muy abiertos, esperando su próximo movimiento y pensando que tal vez se había vuelto loco y yo sin saberlo. Se desnudó por completo y pude ver con total exactitud el tamaño de su enorme y asqueroso barrigón, porque no había apagado la luz. Yo hice ademán de hacerlo porque prefería pasar aquel mal trago sin tener que verle la cara de bestia parda que tenía pero me lo impidió.

-Espera, que aun falta la sorpresa que te tengo reservada, pequeña zorra.

Era la primera vez que ese pedazo chancho me llamaba así, y le brillaron tanto los ojos al decírmelo, que supe inmediatamente que aquello no podría llegar a buen término.
Se avalanzó sobre mi y me embistió de una manera iracunda y asquerosa. Me llegaba un hedor nauseabundo pero no acertaba a saber de donde venía. Igualmente él se empeñaba en fornicarme de una manera salvaje, cual puerco repugnante en época de celo, pero su cabeza no hacía otra cosa que girarse hacía la derecha y hacia arriba, dando la sensación de que estaba en escorzo o retorcío y yo solo podía pensar en averiguar porque demonios no dejaba de mirar hacia el techo con el cuello de aquella guisa.

Por un momento me vino la imagen de aquella niña de el Exorcista que giraba la cabeza mientras vomitaba sobre un cura, y fue cuando me di cuenta de que aquello era una señal y de que el demonio debía de andar metiendo baza en todo aquello.

Entre tanta embestida, tanto gritarme -¡chilla zorra inmunda¡- y aquel olor asqueroso, no conseguía entender muy bien que estaba pasando. Aquel olor no dejaba de marearme. Era un olor a queso rancio, como a cloaca o moho revenido, y, entre el olor, las embestidas, sus gritos, sus ojos de loco desaforado y el peso de su enorme barriga, creí perder la consciencia.

Fue entonces cuando levanté la vista al cielo para rogarle a dios que acabase con ese tormento y entonces lo comprendí todo. Miré por fin hacia el espejo, cosa que no había hecho por miedo a encontrarme el espíritu de mi santa madre mirando como el hijodeputa del marrano refocilaba sobre mi. Allí arriba estaba reflejada una escena nauseabunda y esperpéntica.

Yo misma, de la que solo aparecía el reflejo de mi rostro desencajado y estupefacto y, sobre mí, el cuerpo sudoroso y tremendo de mi "amado" consorte, cuyo culo y todos sus negros pelos pude apreciar con todo lujo de detalles. Aquel culo se meneaba como si le hubiesen clavado aguijones. Se meneaba arriba y abajo mientras sujetaba mis piernas que ya me dolían de estar tan espatarrada. Y fue cuando pude descubrir de donde venía aquel tufo a muerto.
El muy asqueroso, el muy espeso, no se había quitado los calcetines. Con las prisas del furor sexual ibérico el muy marrano se había despojado de toda la ropa excepto de sus apestosos y raídos calcetines.


Aquellos calcetines que me costaba dios y ayuda convencerle de que los echara a lavar, al menos tres veces por semana. Aquellos calcetines que si los dejabas de pie se mantenían tiesos, como "tiesa" me iba a quedar yo si seguía respirando los efluvios asesinos de sus malolientes pies. Ese olor que se dispersaba por la habitación a causa del trajín...

Y entonces ocurrió un milagro. De su boca salió un berrido furibundo mientras yo me encomendaba a todos los santos del cielo viendo aquella escena reflejada en el espejo. Pensé que por fin había acabado y entonces, justo cuando iba a rematar la faena, el espejo, no se si debido al alarido del cenutrio que tenía entre las piernas o a lo chapuzas que era el cabronazo, se desplomó sobre sus costillas y su cabezón haciéndose añícos sobre su cuerpo. Saltó de la cama, como alma que lleva el diablo, cual gorrino degollado, chorreando sangre por todos lados, como si le hubiesen seccionado la yugular en una matanza.


De aquella peripecia me quedó un dolor de pelvis increible, el susto en el cuerpo, y la certeza de que nunca más tendría que poner un espejo en ninguna parte. El cabestro se pasó unos meses sin molestarme ni solicitar que cumpliese con mis obligaciones conyugales y yo perdí ese miedo irracional a los espejos. Sigo teniendo los justos y necesarios pero cada vez que paso por delante de alguno no puedo por menos que reirme a carcajadas.
Jamás me propuso ninguna otra recreación de escenas subiditas de tono. Eso si, lo que no conseguí es que se cambiara de calcetines. Hay costumbres demasiado arraigadas.

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PORNO, ESPEJOS Y HORTERAS




Siento una animadversión patológica hacia los espejos. Cuando era niña, mi abuela, que en paz descanse, tenía la casa llena de ellos. Yo pasaba de puntillas de habitación en habitación, con los ojos muy abiertos y pendiente del reflejo de cada uno de ellos. Siempre tenía la sensación de que no era solo mi reflejo el que se veía y que, algún alma en pena, también aparecía reflejado en ellos.



Por eso me negué a poner más espejos de los necesarios en mi casa. Uno en la entrada, otro en el baño y el consabido espejo en mi alcoba, justo encima de la cómoda. Me miraba en ellos lo justo y necesario para comprobar que mi ropa estaba en su sitio y para pintarme los labios, no fuera a ser que me los hubiera perfilado en demasía y, en vez de parecer una mujer decente, llevara los morros como las furcias a las que visitaba mi marido.
No deja de sorprenderme que yo, mujer educada dentro de la moral y creencias católicas, siempre hubiese puesto en duda las historias que contaba el cura de mi pueblo, incluso que dudase de la existencia del diablo, y que, en cambio, crea en historias de apariciones y de espíritus atormentados, a pies juntillas.
Ni se imaginan cuanto me costó convencer a mi marido para que no comprase un armario con puertas de espejos. Solo pensar que por las noches pudiesen rondar las almas en pena de todos mis familiares difuntos me ponía los pelos de punta. Tonta de mi pensé que el tema de los espejos quedaba ahí. Un simple capricho absurdo del cabestro, pero ¡que va¡ Aquello solo acababa de empezar.


Un buen día se presentó en casa con una sonrisa de oreja a oreja y llevando un ramo de claveles rojos y blancos. Son para ti, me dijo. Me quedé tan estupefacta que no alcancé a reaccionar ni mucho menos a vislumbrar lo que se me venía encima. Aquella noche se deshizo en galenterias y amabilidades que, lejos de ablandarme, me pusieron en guardia, ojo avizor, a ver que nueva barrabasada tenía prevista.


Ya llegada la hora de ir a la cama me enfundé mi camisón, hasta los pies, que no tenía yo el cuerpo para fiestas ni el coño para ruidos, y mi sopresa fue mayúscula al comprobar que el cabestro ya estaba metido en la cama y aparentemente en pelota picada. Eso si, con una extraña sonrisa que le dejaba a la vista todos los dientes podridos y que me producían una repugnancia soberana.


Con gran destreza me metí en la cama a la par que apagaba la luz y, sin que fuese mi intención, le rocé brevemente uno de sus repugnantes pies. Él, que debió de interpretarlo como una invitación al refocile, se abalanzó sobre mi culo y me apretó fuertemente las tetas, mientras me decía pegadito a la oreja: ven acá, gorda mía que te voy a dar lo tuyo.


Yo, que no tenía el espíritu para algarabías, me giré y le espeté en plena cara que ya estaba soltando prenda y diciéndome que era lo que andaba buscando porque ya eran muchos años juntos y tantas zalamerías no me engañaban. Fue entonces cuando me soltó aquello de que le gustaría que pusiesemos un espejo en la habitación. He de confesar y admitir que no fui lo bastante perspicaz y que, con la sola intención de quitarmelo de encima, asentí y consentí con su petición a cambio de que me dejase dormir porque tenía una tremenda jaqueca.


Deberían haber saltado todas las alarmas cuando se quedó satisfecho y sonriente a pesar de mi negativa a sus requerimientos sobre mis obligaciones conyugales, pero estaba tan satisfecha de haberme librado esa noche de aguantarle cabalgando sobre mi, que no le di mayor importancia.

Al día siguiente comprendí cuan tamaño había sido mi error de cálculo. Al entrar al dormitorio conyugal, guíada por unos ruidos extraños, pude contemplar como mi esposo estaba encalomado a lo alto de una escalera, haciendo malabares y fijando al techo un enorme espejo.


De mi garganta salió un espantoso grito. Cuando conseguí dominarme atiné a preguntarle que demonios estaba haciendo y él, con cara de vencedor me dijo: querida, esta noche vas a comprobar en tus propias carnes las verdades del barquero.


Me marché del tálamo conyugal presignándome y rezando porque ningún alma en pena rondase esa noche ni cama. Poco me imaginaba que la única alma en pena esa noche sería yo.

El cabestro cenó muy rápido y me empujó literalmente hacia la habitación alegando que estaba cansado. Yo me dispuse a marcharme al cuarto de baño para darme mis cremas y ponerme mi consabido camisón pero no tuve tiempo.
Con una fuerza inusual, y con un hilillo de babas colgándole entre los dientes, me despojó de mi ropa con fuerza y me dijo que iba a enseñarme algo que había visto en nosequé película nueva que estaba prohibidísma.
Yo sentí mis piernas flaquear del susto y deduje que esa película la había visto en el picadero al que solía ir, pero no quise abrir la boca por no darle pistas de hasta donde sabía yo de sus andanzas.

Me levantó las faldas y me despojó de mi ropa interior con tal ferocidad que salí corriendo avergonzada cual moza virgen pero, lejos de disuadirle de su empeño, mi negativa y recato lo excitó de tal manera que el muy cabrón aplaudía entre embestida y embestida.




Continuará...

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PROCESIONES







Este año he celebrado la Semana Santa como nunca. He disfrutado de las procesiones como han de disfrutarse, porque esta vez no he tenido que poner cara de recogimiento ni rostro compungido. Me he saltado la cuaresma a la torera. Basta de comer potajes de bacalao y garbanzos.
El potaje siempre tuvo un simbolismo en mi imaginario particular. A mi me olían a rancio, a putrefacto, a corrompido. El potaje despide tufo a capilla, a santurronería, a hipocresía y a falsa beatería. Quizás no soporto su aspecto ni su olor porque era el plato favorito del cabestro.

Invariablemente, cada semana santa tenía que cocinarlo todos los viernes de cuaresma para que él y sus cinco vástagos estuviesen en paz con dios y con todos los santos del cielo.

El muy hijo de puta me tenía prohibida la entrada de carne en casa y a mi se me hacía la boca agua viendo esos solomillos y esos pedazo filetones de buey en la carnicería. Pasaba por el mostrador de Casa Patricio con el alma en un ¡ay¡ solo de pensar en aquellos pedazos de carne sangrienta, pasados sobre las ascuas del carbón. Pero no había carbón sobre el que planchar nada. Tan solo un cabrón meapilas empeñado en salvar su alma de todos los pecados cometidos durante el año. El muy lerdo tenía la increible convicción de que si hacía abstinencia dios le perdonaría todas sus barrabasadas.


Como si dios fuese capaz de perdonar tanta estupidez y tanto hijoputismo. Yo me pasaba las dichosas fiestas sin poder escuchar la radio ni poder cometer ningúne exceso. Lo único bueno de esos días era que también llevaba a rajatabla aquello de los pecados de la carne. Para entendernos: no requería mis deberes como esposa y aquello era tremendamente alentador para mi.

No soportaba sus cabalgadas ridículas y sus pequeños extertores. Esos ruiditos que hacía cuando me montaba. Como si se estuviese ahogando, y la cara roja como un pimiento, que a veces me parecía que fuese a morirse de un momento a otro y yo me sorprendia pensando: no caerá esa breva, señor¡
A veces me imaginaba la escena: el sobre mi, despatarrado, y empujando y, de pronto, quedándose tieso con los ojos bien abiertos y con la lengua fuera, como los toros cuando los matan en la plaza. Y, entonces, me entraba una risa floja, y el muy gilipollas se pensaba que era de puro gozo, y se hinchaba como un pavo real, y andaba dandose aires durante tres días.

-Eh, Salustiana¡-me gritaba a la par que me palmeaba el culo con esas pedazo manazas- estarás contenta, eh? Menuda faena te he hecho. No puedes tener queja. Otras me quisieran para ellas asi que ya puedes cuidarme como me merezco.

¡Ja¡ Como se merecía. Pobre infeliz. Aquellos comentarios me producían la misma desagradable sensación que el potaje de vigilia: unas nauseas enormes y un revuelto en el estómago.
Luego, cuando El caudillo murió, como él decía, todo cambió. Para mal, decía el lerdo, porque no soportaba que ya no pusiesen esa música de sacristía a todas horas en la radio. Yo lo agradecí un montón. Ya estaba hasta los mismisimos pelos del coño de oir tanta música santurrona. Eso si, a lo de que abrieran los bares en fechas santas no le puso tanta pega el muy cerdo. Y es que estos católicos están todos cortados por el mismo patrón. Que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.

Se pasaba los cuatro días de fiesta de tasca en tasca, eso si, dandose golpes de pecho y diciendo a voz en grito, y para todo el que le quisiese escuchar, que como con Franco no se vivía, y que era una verdadera lástima que el Generalísimo se hubiese ido a morir ahora cuando más falta hacía una buena mano dura.

Dura, dura, decía el mamón. Él, que no había sabido en su puta vida lo que significaba la pablabra "dura", porque lo único que tenía dura era la mollera, el muy tarado.

Luego me arrastraba por las procesiones, incluso intentó que su cofradía, la del Dios del corazón ensangrentado, le permitiese ser costalero, pero aquel barrigón suyo y su fama de borrachín impenitente le precedían. No pudo ser. El caso es que siempre se vestía con aquella indumentaria de nazareno que a mi me ponía los vellos de punta. Incluso un día se empeñó en hacer los 12 pasos descalzo y después me tocó a mi curarle sus infectos y malolientes pies, con aquellos callos y aquellos sabañones, todo ensangrentados. Gritaba igualico a un cerdo cuando le trinca el matarife cada vez que le intentaba sacar las piedras que se le habían clavado entre los dedos. Eso si, con la excusa de desinfectarle las heridas, y con el miedo que le tenía a las gangrenas (a su madre le amputaron las piernas a causa de ella), me aproveché de lo lindo y me dediqué a empaparle los pies en alcohol de 96 grados durante tres días.

A mi me tocó limpiarle sus putos pies pero me lo cobré con creces. ¡Menudos alaridos salían de su garganta¡ Que yo puedo ser muy cristiana pero no comulgo con lo de poner la otra mejilla. El muy desgraciado se pasó los cuatro días "soplando" riojas mientras a mi me prohibía comer carne so pena de cruzarme la cara si detectaba el menor rastro de olor a carne chamuscada. Y yo que no soportaba esa puta manía de llevar a rajatabla tan absurda penitencia decidí tomarme la revancha.
Asi que, el último año, cansada de tanta soplapollez, me dije que si éste no quería chocolate, se iba a tomar dos tazas. O mejor dicho, me las iba a tomar yo y bien repletas y calentitas.

Filetes no entraron aquella semana santa, de eso puedo dar fé, pero entro un solomillo de primera. No tenía más de 40 años y estaba duro por los cuatro costados. Acostumbrada a traer el butano todos los jueves y aquel me dije que seríe el definitivo.

Según vi a mi marido salir camino del bar supe que era el momento perfecto. Aquel hombre era enorme y fuerte, con una mirada cetrina y oscura. Yo ya me había dado cuenta de que me miraba con lascivia y yo estaba más que dispuesta a saciar toda su furia. No hablaba demasiado pero tampoco importaba.

Aquel jueves no hizo falta decir mucho. Solo con mirarnos supimos cual iba a ser el desenlace. Yo no tuve más que acordarme de aquellas repugnantes uñas ennegrecidas y duras, retorcidas como demonios, y mientras que el butanero me embestía y me hacía gritar de gusto, sobre la mesa del cuarto de estar, mesa, por cierto, que su madre nos regaló por la boda ( y fuerte y recia, puedo dar fé de ello) yo me descojonaba viva solo de pensar que me iba a cobrar una embestida por cada asquerosa uña, por cada filete que no me había dejado comerme en años.
Aquella semana santa no necesité pasar ningún pedazo de carne por ningunas brasas. La carne la puso aquel hombre cuyo recuerdo de su "virilidad" todavia me sobrecoge y las brasas ya os podeis imaginar donde estaban bien encendiditas.
Eso si, os puedo asegurar que aquella semana santa el potaje me salió como dios. Un verdadero milagro. Lo que a fecha de hoy no puedo olvidar es aquella mesa. Desde luego ya no las hacen como las de antes.

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