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DE CONFESIONES INTIMAS


Yo soy mujer chapada a la antigua, apegada a mis tradiciones y a mis costumbres, por eso el escribir aqui ha sido toda una experiencia. Y me he encontrado un mensaje de una señora de Madrid, se hace llamar la madrileña, desafiandome desde donde ella cuenta sus cosicas, como aqui cuento yo las mías. Cierto es que su vida parece más tranquila y menos rocambolesca que la mía, pero qué sabe una de las miserias que oculta cada cual.

Pues parece ser que esta buena señora me pide que escriba sobre seis cosas que me gustan y que no tengan importancia.
Y como es de bien nacidos ser agradecidos pues espero que la respuesta satisfaga el envite lanzado.
Yo, como ya soy perro viejo, y habiendo vivido lo vivido ya no tengo falsas vergüenzas ni pudores absurdos, asi que confieso, no sin ruborizarme un poco, que a mi me gusta andar tal como me trajo mi madre al mundo por mi casa, en pelotas, hablando en plata . Nada más saludable que dejarse ventilar por el aire que entra por las ventanas y refrescarse el cuerpo. He de decir que en el pueblo en el que vivo el aire es fresco y huele a mies.
Toda una vida viviendo junto a un católico cerril y putero, emperrado en ir a misa de domingo con mantilla y bien tapadita, ha despertado en mi una necesidad, quizás malsana y pecaminosa, de pasearme de esa guisa por mi casa, mostrando mis vergüenzas y mis carnes morenas a todo el que quiera asomarse a mi ventana, porque a estas edades ya está todo el pescao vendido, y como decía mi abuela que en paz descanse: "pa lo que me queda de estar en este convento, me cago dentro". Eso si, a la calle no salgo nunca sin bragas.

¡¡Que sabia era mi abuela, redios¡¡

Me gusta pecar de gula. Suelo disfrutar de la comida como se debe disfrutar del sexo: sin recato, con exceso, con deleite, fruición, glotonería y ferocidad. Comerme unos buenos huevos fritos con chorizo en ese maravilloso aceite de oliva que hacen en mi pueblo y regodearme en sus sabores, mojar el pan en la yema y llenarme la boca hasta reventar. Pero, sobre todo, me gusta pecar de gula en época de vigilia y hartarme a carne cuando la santa madre iglesia lo prohibe. Como hasta que no puedo más y me recreo con cada pedazo de carne roja, poco hecha, que introduzco en mi boca. Confieso que me entra una satisfacción enorme cada vez que trago dicho manjar porque es un pecado más, una felonía que sumar a mi cuenta pendiente con la Iglesia, lo que aumenta el tamaño de mi venganza contra el cabestro.

Eso si, cuando me acuesto le rezo a la virgen y le pido que todos mis pecados reciban su castigo multiplicado por diez, pero que el castigo caiga sobre las espaldas del cabrón de mi exmarido, que como es buen cristiano no tendrá ningún reparo en cargar con mi culpa y mi penitencia.
Asi, a bote pronto, la tercera cosa sin importancia que me gusta hacer es provocar a la curia romana. Desde hace un tiempo he desarrollado una habilidad un tanto perniciosa, lo renoconozco. Me gusta provocar y portarme como una putilla calentorra, como solía llamarlas uno de mis vástagos, aunque él nunca apartaba sus libidinosos ojos de ellas, bueno, los ojos ni el miembro viril.

No llego a comportarme como una guarra en el amplio sentido de la palabra pero algo de ello hay. Me pongo escotes prominentes, excesivamente amplios para una mujer de mi edad y mi talla, una 110 he de confesar. Lo cierto es que la naturaleza me ha dotado de unas ubres inmensas, y es que la naturaleza es sabia, a ver si no como iba a haber amamantado a esos 5 hijos de puta que tuve que parir con dolor y tremendo arrepentimiento. Que quererlos los quiero, porque son mis hijos y hasta los animales tienen ese sentimiento, pero los quiero lejos, bien es verdad.
Pues salgo de paseo vestida de esa guisa, o más bien desvestida, enfundada en un sueter negro bien apretao, con un escote en uve vertiginoso, que casi se me pueden ver hasta las tripas, y una falda negra de tubo, para marcar bien las nalgas, y me voy hacia la iglesia del pueblo, a la hora que sé sale el cura a pasear y me pongo frente a él y lo miro con descaro y me contoneo.
No falla, el párroco empieza a ponerse colorado y a bufar como un toro, trastabillea y cambia de acera, pero tarda lo suficiente para que yo tenga constancia de la "turbación" que le provoco en esa parte de su cuerpo que el señor se ha quedado en exclusiva.
Es tanto el disfrute que siento que ahora suelo hacerlo en las iglesias de los pueblos vecinos y he de confesar con orgullo y sin sonrojos que tengo al clero de esta parte de la comarca haciendo maravillosos y floridos trabajos manuales a mayor gloria mía.
Dejenme pensar... si, la cuarta cosa que me gusta hacer es cuidar de mis cerdos. Ellos me dan la paz de espíritu que otros se han dedicado a menoscabar. Me produce un gran placer sacarlos de paseo, alimentarlos y mantenerlos limpios y bien presentables. Pobrecicos míos, son tan agradecidos que no dan disgusto alguno, y tampoco mucho trabajo, y, aunque les llamen gorrinos, no dejan de ser los animales más limpios que he conocido.
No entiendo como se ha acuñado esa frase que dice "apestas como un cerdo". Señal de que quien la utilizó por primera vez tiene un gran desconocimiento de tan noble animal. Más bien debería haber conocido al asqueroso de mi exmarido. Ese si que mataba con el hedor que desprendía todo su cuerpo, incluidos agujeros por donde podían manar fluídos corporales.
Y la quinta y la sexta cosa que más me gustan, y que no tienen importancia, las tengo aún pendientes porque aun no las he descubierto, pero prometo hacerlo en breve y dar puntual detalle a ustedes que me leen y me siguen.
Son pequeñas asignaturas pendientes que me quedan y que pienso aprobar antes de que la parca venga a buscarme. Y esto es una promesa en firme.

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DE SARRO, BARRIGONES Y PIES SUDADOS






CONTINÚA...









Finalmente me lanzó sobre la cama, ya desnuda y agotada de tanto forcejeo, y decidí que mejor dejarme facer antes que perder la vida en tremenda pelea, porque aquello parecía un combate entre animales salvajes y yo solo quería acabar con aquella horrible peripecia.
Poco imaginaba yo que aquello solo acababa de empezar.

Me quedé sobre la cama en cueros, tal como mi madre me trajo al mundo, con los ojos muy abiertos, esperando su próximo movimiento y pensando que tal vez se había vuelto loco y yo sin saberlo. Se desnudó por completo y pude ver con total exactitud el tamaño de su enorme y asqueroso barrigón, porque no había apagado la luz. Yo hice ademán de hacerlo porque prefería pasar aquel mal trago sin tener que verle la cara de bestia parda que tenía pero me lo impidió.

-Espera, que aun falta la sorpresa que te tengo reservada, pequeña zorra.

Era la primera vez que ese pedazo chancho me llamaba así, y le brillaron tanto los ojos al decírmelo, que supe inmediatamente que aquello no podría llegar a buen término.
Se avalanzó sobre mi y me embistió de una manera iracunda y asquerosa. Me llegaba un hedor nauseabundo pero no acertaba a saber de donde venía. Igualmente él se empeñaba en fornicarme de una manera salvaje, cual puerco repugnante en época de celo, pero su cabeza no hacía otra cosa que girarse hacía la derecha y hacia arriba, dando la sensación de que estaba en escorzo o retorcío y yo solo podía pensar en averiguar porque demonios no dejaba de mirar hacia el techo con el cuello de aquella guisa.

Por un momento me vino la imagen de aquella niña de el Exorcista que giraba la cabeza mientras vomitaba sobre un cura, y fue cuando me di cuenta de que aquello era una señal y de que el demonio debía de andar metiendo baza en todo aquello.

Entre tanta embestida, tanto gritarme -¡chilla zorra inmunda¡- y aquel olor asqueroso, no conseguía entender muy bien que estaba pasando. Aquel olor no dejaba de marearme. Era un olor a queso rancio, como a cloaca o moho revenido, y, entre el olor, las embestidas, sus gritos, sus ojos de loco desaforado y el peso de su enorme barriga, creí perder la consciencia.

Fue entonces cuando levanté la vista al cielo para rogarle a dios que acabase con ese tormento y entonces lo comprendí todo. Miré por fin hacia el espejo, cosa que no había hecho por miedo a encontrarme el espíritu de mi santa madre mirando como el hijodeputa del marrano refocilaba sobre mi. Allí arriba estaba reflejada una escena nauseabunda y esperpéntica.

Yo misma, de la que solo aparecía el reflejo de mi rostro desencajado y estupefacto y, sobre mí, el cuerpo sudoroso y tremendo de mi "amado" consorte, cuyo culo y todos sus negros pelos pude apreciar con todo lujo de detalles. Aquel culo se meneaba como si le hubiesen clavado aguijones. Se meneaba arriba y abajo mientras sujetaba mis piernas que ya me dolían de estar tan espatarrada. Y fue cuando pude descubrir de donde venía aquel tufo a muerto.
El muy asqueroso, el muy espeso, no se había quitado los calcetines. Con las prisas del furor sexual ibérico el muy marrano se había despojado de toda la ropa excepto de sus apestosos y raídos calcetines.


Aquellos calcetines que me costaba dios y ayuda convencerle de que los echara a lavar, al menos tres veces por semana. Aquellos calcetines que si los dejabas de pie se mantenían tiesos, como "tiesa" me iba a quedar yo si seguía respirando los efluvios asesinos de sus malolientes pies. Ese olor que se dispersaba por la habitación a causa del trajín...

Y entonces ocurrió un milagro. De su boca salió un berrido furibundo mientras yo me encomendaba a todos los santos del cielo viendo aquella escena reflejada en el espejo. Pensé que por fin había acabado y entonces, justo cuando iba a rematar la faena, el espejo, no se si debido al alarido del cenutrio que tenía entre las piernas o a lo chapuzas que era el cabronazo, se desplomó sobre sus costillas y su cabezón haciéndose añícos sobre su cuerpo. Saltó de la cama, como alma que lleva el diablo, cual gorrino degollado, chorreando sangre por todos lados, como si le hubiesen seccionado la yugular en una matanza.


De aquella peripecia me quedó un dolor de pelvis increible, el susto en el cuerpo, y la certeza de que nunca más tendría que poner un espejo en ninguna parte. El cabestro se pasó unos meses sin molestarme ni solicitar que cumpliese con mis obligaciones conyugales y yo perdí ese miedo irracional a los espejos. Sigo teniendo los justos y necesarios pero cada vez que paso por delante de alguno no puedo por menos que reirme a carcajadas.
Jamás me propuso ninguna otra recreación de escenas subiditas de tono. Eso si, lo que no conseguí es que se cambiara de calcetines. Hay costumbres demasiado arraigadas.

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PORNO, ESPEJOS Y HORTERAS




Siento una animadversión patológica hacia los espejos. Cuando era niña, mi abuela, que en paz descanse, tenía la casa llena de ellos. Yo pasaba de puntillas de habitación en habitación, con los ojos muy abiertos y pendiente del reflejo de cada uno de ellos. Siempre tenía la sensación de que no era solo mi reflejo el que se veía y que, algún alma en pena, también aparecía reflejado en ellos.



Por eso me negué a poner más espejos de los necesarios en mi casa. Uno en la entrada, otro en el baño y el consabido espejo en mi alcoba, justo encima de la cómoda. Me miraba en ellos lo justo y necesario para comprobar que mi ropa estaba en su sitio y para pintarme los labios, no fuera a ser que me los hubiera perfilado en demasía y, en vez de parecer una mujer decente, llevara los morros como las furcias a las que visitaba mi marido.
No deja de sorprenderme que yo, mujer educada dentro de la moral y creencias católicas, siempre hubiese puesto en duda las historias que contaba el cura de mi pueblo, incluso que dudase de la existencia del diablo, y que, en cambio, crea en historias de apariciones y de espíritus atormentados, a pies juntillas.
Ni se imaginan cuanto me costó convencer a mi marido para que no comprase un armario con puertas de espejos. Solo pensar que por las noches pudiesen rondar las almas en pena de todos mis familiares difuntos me ponía los pelos de punta. Tonta de mi pensé que el tema de los espejos quedaba ahí. Un simple capricho absurdo del cabestro, pero ¡que va¡ Aquello solo acababa de empezar.


Un buen día se presentó en casa con una sonrisa de oreja a oreja y llevando un ramo de claveles rojos y blancos. Son para ti, me dijo. Me quedé tan estupefacta que no alcancé a reaccionar ni mucho menos a vislumbrar lo que se me venía encima. Aquella noche se deshizo en galenterias y amabilidades que, lejos de ablandarme, me pusieron en guardia, ojo avizor, a ver que nueva barrabasada tenía prevista.


Ya llegada la hora de ir a la cama me enfundé mi camisón, hasta los pies, que no tenía yo el cuerpo para fiestas ni el coño para ruidos, y mi sopresa fue mayúscula al comprobar que el cabestro ya estaba metido en la cama y aparentemente en pelota picada. Eso si, con una extraña sonrisa que le dejaba a la vista todos los dientes podridos y que me producían una repugnancia soberana.


Con gran destreza me metí en la cama a la par que apagaba la luz y, sin que fuese mi intención, le rocé brevemente uno de sus repugnantes pies. Él, que debió de interpretarlo como una invitación al refocile, se abalanzó sobre mi culo y me apretó fuertemente las tetas, mientras me decía pegadito a la oreja: ven acá, gorda mía que te voy a dar lo tuyo.


Yo, que no tenía el espíritu para algarabías, me giré y le espeté en plena cara que ya estaba soltando prenda y diciéndome que era lo que andaba buscando porque ya eran muchos años juntos y tantas zalamerías no me engañaban. Fue entonces cuando me soltó aquello de que le gustaría que pusiesemos un espejo en la habitación. He de confesar y admitir que no fui lo bastante perspicaz y que, con la sola intención de quitarmelo de encima, asentí y consentí con su petición a cambio de que me dejase dormir porque tenía una tremenda jaqueca.


Deberían haber saltado todas las alarmas cuando se quedó satisfecho y sonriente a pesar de mi negativa a sus requerimientos sobre mis obligaciones conyugales, pero estaba tan satisfecha de haberme librado esa noche de aguantarle cabalgando sobre mi, que no le di mayor importancia.

Al día siguiente comprendí cuan tamaño había sido mi error de cálculo. Al entrar al dormitorio conyugal, guíada por unos ruidos extraños, pude contemplar como mi esposo estaba encalomado a lo alto de una escalera, haciendo malabares y fijando al techo un enorme espejo.


De mi garganta salió un espantoso grito. Cuando conseguí dominarme atiné a preguntarle que demonios estaba haciendo y él, con cara de vencedor me dijo: querida, esta noche vas a comprobar en tus propias carnes las verdades del barquero.


Me marché del tálamo conyugal presignándome y rezando porque ningún alma en pena rondase esa noche ni cama. Poco me imaginaba que la única alma en pena esa noche sería yo.

El cabestro cenó muy rápido y me empujó literalmente hacia la habitación alegando que estaba cansado. Yo me dispuse a marcharme al cuarto de baño para darme mis cremas y ponerme mi consabido camisón pero no tuve tiempo.
Con una fuerza inusual, y con un hilillo de babas colgándole entre los dientes, me despojó de mi ropa con fuerza y me dijo que iba a enseñarme algo que había visto en nosequé película nueva que estaba prohibidísma.
Yo sentí mis piernas flaquear del susto y deduje que esa película la había visto en el picadero al que solía ir, pero no quise abrir la boca por no darle pistas de hasta donde sabía yo de sus andanzas.

Me levantó las faldas y me despojó de mi ropa interior con tal ferocidad que salí corriendo avergonzada cual moza virgen pero, lejos de disuadirle de su empeño, mi negativa y recato lo excitó de tal manera que el muy cabrón aplaudía entre embestida y embestida.




Continuará...

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PROCESIONES







Este año he celebrado la Semana Santa como nunca. He disfrutado de las procesiones como han de disfrutarse, porque esta vez no he tenido que poner cara de recogimiento ni rostro compungido. Me he saltado la cuaresma a la torera. Basta de comer potajes de bacalao y garbanzos.
El potaje siempre tuvo un simbolismo en mi imaginario particular. A mi me olían a rancio, a putrefacto, a corrompido. El potaje despide tufo a capilla, a santurronería, a hipocresía y a falsa beatería. Quizás no soporto su aspecto ni su olor porque era el plato favorito del cabestro.

Invariablemente, cada semana santa tenía que cocinarlo todos los viernes de cuaresma para que él y sus cinco vástagos estuviesen en paz con dios y con todos los santos del cielo.

El muy hijo de puta me tenía prohibida la entrada de carne en casa y a mi se me hacía la boca agua viendo esos solomillos y esos pedazo filetones de buey en la carnicería. Pasaba por el mostrador de Casa Patricio con el alma en un ¡ay¡ solo de pensar en aquellos pedazos de carne sangrienta, pasados sobre las ascuas del carbón. Pero no había carbón sobre el que planchar nada. Tan solo un cabrón meapilas empeñado en salvar su alma de todos los pecados cometidos durante el año. El muy lerdo tenía la increible convicción de que si hacía abstinencia dios le perdonaría todas sus barrabasadas.


Como si dios fuese capaz de perdonar tanta estupidez y tanto hijoputismo. Yo me pasaba las dichosas fiestas sin poder escuchar la radio ni poder cometer ningúne exceso. Lo único bueno de esos días era que también llevaba a rajatabla aquello de los pecados de la carne. Para entendernos: no requería mis deberes como esposa y aquello era tremendamente alentador para mi.

No soportaba sus cabalgadas ridículas y sus pequeños extertores. Esos ruiditos que hacía cuando me montaba. Como si se estuviese ahogando, y la cara roja como un pimiento, que a veces me parecía que fuese a morirse de un momento a otro y yo me sorprendia pensando: no caerá esa breva, señor¡
A veces me imaginaba la escena: el sobre mi, despatarrado, y empujando y, de pronto, quedándose tieso con los ojos bien abiertos y con la lengua fuera, como los toros cuando los matan en la plaza. Y, entonces, me entraba una risa floja, y el muy gilipollas se pensaba que era de puro gozo, y se hinchaba como un pavo real, y andaba dandose aires durante tres días.

-Eh, Salustiana¡-me gritaba a la par que me palmeaba el culo con esas pedazo manazas- estarás contenta, eh? Menuda faena te he hecho. No puedes tener queja. Otras me quisieran para ellas asi que ya puedes cuidarme como me merezco.

¡Ja¡ Como se merecía. Pobre infeliz. Aquellos comentarios me producían la misma desagradable sensación que el potaje de vigilia: unas nauseas enormes y un revuelto en el estómago.
Luego, cuando El caudillo murió, como él decía, todo cambió. Para mal, decía el lerdo, porque no soportaba que ya no pusiesen esa música de sacristía a todas horas en la radio. Yo lo agradecí un montón. Ya estaba hasta los mismisimos pelos del coño de oir tanta música santurrona. Eso si, a lo de que abrieran los bares en fechas santas no le puso tanta pega el muy cerdo. Y es que estos católicos están todos cortados por el mismo patrón. Que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.

Se pasaba los cuatro días de fiesta de tasca en tasca, eso si, dandose golpes de pecho y diciendo a voz en grito, y para todo el que le quisiese escuchar, que como con Franco no se vivía, y que era una verdadera lástima que el Generalísimo se hubiese ido a morir ahora cuando más falta hacía una buena mano dura.

Dura, dura, decía el mamón. Él, que no había sabido en su puta vida lo que significaba la pablabra "dura", porque lo único que tenía dura era la mollera, el muy tarado.

Luego me arrastraba por las procesiones, incluso intentó que su cofradía, la del Dios del corazón ensangrentado, le permitiese ser costalero, pero aquel barrigón suyo y su fama de borrachín impenitente le precedían. No pudo ser. El caso es que siempre se vestía con aquella indumentaria de nazareno que a mi me ponía los vellos de punta. Incluso un día se empeñó en hacer los 12 pasos descalzo y después me tocó a mi curarle sus infectos y malolientes pies, con aquellos callos y aquellos sabañones, todo ensangrentados. Gritaba igualico a un cerdo cuando le trinca el matarife cada vez que le intentaba sacar las piedras que se le habían clavado entre los dedos. Eso si, con la excusa de desinfectarle las heridas, y con el miedo que le tenía a las gangrenas (a su madre le amputaron las piernas a causa de ella), me aproveché de lo lindo y me dediqué a empaparle los pies en alcohol de 96 grados durante tres días.

A mi me tocó limpiarle sus putos pies pero me lo cobré con creces. ¡Menudos alaridos salían de su garganta¡ Que yo puedo ser muy cristiana pero no comulgo con lo de poner la otra mejilla. El muy desgraciado se pasó los cuatro días "soplando" riojas mientras a mi me prohibía comer carne so pena de cruzarme la cara si detectaba el menor rastro de olor a carne chamuscada. Y yo que no soportaba esa puta manía de llevar a rajatabla tan absurda penitencia decidí tomarme la revancha.
Asi que, el último año, cansada de tanta soplapollez, me dije que si éste no quería chocolate, se iba a tomar dos tazas. O mejor dicho, me las iba a tomar yo y bien repletas y calentitas.

Filetes no entraron aquella semana santa, de eso puedo dar fé, pero entro un solomillo de primera. No tenía más de 40 años y estaba duro por los cuatro costados. Acostumbrada a traer el butano todos los jueves y aquel me dije que seríe el definitivo.

Según vi a mi marido salir camino del bar supe que era el momento perfecto. Aquel hombre era enorme y fuerte, con una mirada cetrina y oscura. Yo ya me había dado cuenta de que me miraba con lascivia y yo estaba más que dispuesta a saciar toda su furia. No hablaba demasiado pero tampoco importaba.

Aquel jueves no hizo falta decir mucho. Solo con mirarnos supimos cual iba a ser el desenlace. Yo no tuve más que acordarme de aquellas repugnantes uñas ennegrecidas y duras, retorcidas como demonios, y mientras que el butanero me embestía y me hacía gritar de gusto, sobre la mesa del cuarto de estar, mesa, por cierto, que su madre nos regaló por la boda ( y fuerte y recia, puedo dar fé de ello) yo me descojonaba viva solo de pensar que me iba a cobrar una embestida por cada asquerosa uña, por cada filete que no me había dejado comerme en años.
Aquella semana santa no necesité pasar ningún pedazo de carne por ningunas brasas. La carne la puso aquel hombre cuyo recuerdo de su "virilidad" todavia me sobrecoge y las brasas ya os podeis imaginar donde estaban bien encendiditas.
Eso si, os puedo asegurar que aquella semana santa el potaje me salió como dios. Un verdadero milagro. Lo que a fecha de hoy no puedo olvidar es aquella mesa. Desde luego ya no las hacen como las de antes.

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BRAGAS Y VOTACIONES

El Padre Don Leandro
Ayer me tocó ir a votar. Menos mal que ya me había empadronado. Me aseé y me puse unas bragas limpias. Un acto de tanta envergadura no se merecía menos. Para una mujer de mi edad y mi educación llevar las bragas limpias es de suma importancia. Mi madre siempre me preguntaba, antes de que saliese de casa, si me había cambiado de ropa interior y si me había lavado el culo, y, si tenía la más ligera sospecha de que no era así, se cercioraba de que mis bragas fueran impolutas y de que volviese a lavar mis partes.
La buena mujer decía que no importaba el aspecto que tuviesemos por fuera. Si uno llevaba la ropa interior nueva y limpia denotaba que era una persona de orden y de buenas costumbres. Las bragas rotas y sucias eran propias de putas y de rojas.

Que poco sabía mi pobre madre. Precisamente las putas suelen llevar bragas finísimas, caras y son muy aseaditas.

Para las muchachas de hoy en día su signo de identidad es llevar condones en el bolso. Solo la que los lleva es una mujer responsable de su tiempo. Para nosotras, las mujeres de mi época, nuestro signo de identidad y de responsabilidad era llevar las bragas impolutas.


Lo que son las cosas, ahora hay días que ni las llevo. Me gusta sentir el aire fresco del campo en los bajos y que circula por entre mis piernas.

Mi marido era un hombre "de orden" como el solía decir. O lo que es lo mismo, de misa de doce los domingos. Yo siempre me admiré de su capacidad para borrar de su mente ciertos aspectos de su vida, como ignorar el hecho de que era un putero. El fornicar con esas infelices no le suponía ninguna crisis moral. Follaba con ellas con el mismo rigor y la misma entrega que se presignaba en la iglesia y comulgaba.

Era impresionante la cara de éxtasis, el gesto arrebatado y alucinado del cabestro. Allí postrado frente al altar, mirando al cura con cara de abducido, como si dios mismo hubiese bajado de los cielos, abriendo la boca y recibiendo la hostia.

Allí dentro, en aquella pequeña iglesia, aparentaba ser un hombre cabal, de fuertes convicciones morales, de principios, y daba el pego el muy hijo de puta. Don Leandro, el párroco, no dejaba de decirme lo afortunada que era de tener un marido como el mío, y que diese gracias al señor por haber tenido tanta suerte. Menudo regalito del cielo.

Luego, tras salir de la iglesia, me cogía por el brazo, como si fuese de su propiedad, y nos encaminabamos al bar. Los domingos misa y vermú. Yo nunca me sentí a gusto ni en un sitio ni en el otro. La iglesia me parecía un lugar oscuro y tétrico, donde iban todas las santurronas a contarle al cura todos los chismes de las vecinas. Además, nunca me gustó la insistencia con la que el padre intentaba sonsacarme mis pecados. Cualquiera diría que disfrutaba oyendo mis atribulaciones y mis fantasias a tenor de las veces que me preguntaba: pero hija mía, y en el sueño ese que has tenido llegaban a penetrarte??

Llegué a la conclusión de que era mejor dejar de confesarme, más que por vergüenza y apuro, por mi propia salud mental. Era tal la insistencia de don Leandro para que le diese detalles escabrosos que empecé a tener sueños eróticos en los que follaba a calzón caído mientras el cura se dedicaba a mirarme a la par que se ofrecía para liberarme de mis pecados. La imagen de aquel cura vestido tan solo con su alzacuellos y todas sus vergüenzas al aire y bien erguidas me arrancaron la poca fé que me quedaba en la iglesia.

Eso, y la manera extraña con la que comenzó a mirarme mientras se tocaba la entrepierna.

En el bar no era muy distinto. Mi marido siempre hacía gala de sus estupideces. Los demás solían reirle sus brabuconadas y yo me sentía asqueada de escuchar siempre las mismas imbecilidades, porque ímbecil era un rato, el pobre infeliz. Siempre acababa atiborrado a vermús mientras se deshacía en halagos hacia el Real Madrid. La lengua acababa por trabarsele en un galimatías extraño y la mirada se le volvía acuosa y sanguinolienta. Yo, con la excusa de tener que hacer la comida, le dejaba allí con su verborrea barata, donde, sorprendentemente, su público le superaba en taruguez.


Comía tranquilamente en soledad e, invariablemente, a las cuatro, aparecía por la puerta medio desmanejado arrastrado por mis cinco hijos, a cada cual más borracho.


Las últimas elecciones fuimos juntos a votar, después de misa y del vermú. En misa el cura, sin ningún recato ni prudencia, barrió para casa, amenazando a los rojos con ir derechitos al infierno si votaban a esos pecadores, ateos y lujuriosos, de la izquierda. A mi aquello me pareció graciosísimo, primero porque no creo que ningún "pecador comunista" estuviese sentado a pie del altar, escuchando al párroco, y segundo porque el que más se iba a quemar en el infierno era el propio cura, a juzgar por como me miraba el escote del vestido. Yo, que no conseguía centrarme en el sermón, no debaja de pensar en el dolor de huevos que iba a tener el pater en breve si no dejaba de clavar sus ojos en mis tetas, y me preguntaba a que puta le tocaría esa tarde aliviar las necesidades propias de su sexo al santo caballero, porque el único que estaba ardiendo hasta ese momento era el mismo, a juzgar por los goterones de sudor que le corrían por la frente y lo coloradas que tenía las orejas.

Mi marido, que ya iba rumboso al colegio electoral, se empeñó en elegir la papeleta con la que yo debía votar. Por supuesto elegió las que llevaban el membrete del PP, aunque tentado estuvo de darme las de Falange Española, ante mi estupor y el de los integrantes de la mesa electoral, que asistían alucinados al guirigay que mis hijos y el borracho de mi marido tenían montado. Yo, viendo la que se estaba montando, callé por pruedencia, mientras un policia nacional le pidió identificarse, momento en el que él empezó a gritar que con El Caudillo esto no pasaba, y que ese "lechuguino" no se atrevería a hablarle así si Franco levantara la cabeza.



Aprovechando el tumulto me dirigí a la mesa y deposité mi voto, a los rojos, por supuesto, y me acordé de mi madre y de su empeño para que siempre llevase las bragas limpias. Esa fue la última vez que votamos juntos. Ayer lo hice en este pueblo perdido de la mano de dios, con toda tranquilidad y ante los ojos de cuatro aldeanos, y no pude evitar acordarme de Don Leandro.


Porque, curiosamente, no siento ningún remordimiento por haber abandonado a esa panda de descerebrados e indeseables que son mis vástagos y su progenitor, pero me arrepiento, me arrepiento muy mucho de no haber ejercido acto de caridad con el párroco, que como mujer cristiana le negué y debería haberle brindado. O lo que es lo mismo, me arrepiento de no haberlo montado a horcajadas, en el mismisimo altar de la parroquia, de no haberle arremangado la sotana y haberlo follado como la hembra que soy, para que hubisese sabido lo que es una mujer y que a uno le echen un buen polvo, para que hubiese sabido que yo hago las cosas como dios manda.

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ALMORRANAS


Estoy pensando en ampliar la familia, animal, por supuesto. Yo ya no estoy en edad de procrear y tampoco tengo el cuerpo para sustos. Podría recurrir a la ciencia pero creo que ya cumplí con mi obligación de madre. Cinco fueron suficientes.


Creo que unas gallinas no me vendrían mal. Me ahorraría unas perras y siempre tendría huevos frescos y de calidad, que de los otros ando más que servida.


Mi marido nunca tuvo huevos para nada, excepto para plantarme cara a mi. Con el tiempo aprendí qie me salía más a cuenta agachar la cabeza y decir a todo que si, para después hacer lo que me viniese en gana y, aun y así, tuve que soportar sus malos humos y sus babosadas durante años. El pobrecito era bastante limitado en todos los aspectos. En lo mental y en la cama.


Por eso, cuando empezó a aliviarse con putas, la más satisfecha fui yo. Sacrifiqué con gusto la pérdida de ingresos en casa, a cambio de no tener que fingir con semejante cerdo, y aguanté estoicamente los comentarios maledicentes de las vecinas. No me importó que comentasen que vivía en babia o que algunas, mucho más lacerantes con sus lenguas viperinas, insinuasen que era una "cornuda consentida".


A mi lo que dijese la gente me la traía al pairo. Pues no estaba yo poco bien con mi "pepe" descansado y sin tener que aguantar "las incursiones" torpes y desagradables de semejante borracho baboso.


Si bien, el mal trago era breve, de pocos recursos y pocas florituras erótico-festivas. En menos de 10 minutos había consumado la faena.

El muy gilipollas solía exclamar "una faena digna de un Miura", y yo me admiraba de cuan absurdo y ridículo puede resultar un "corto" de mente. Más bien parecía un cabestro despatarrado, bufando como un burro.


Sinceramente compadezco a las pobres furcias que tuvieron que soportar sus babas durante todos esos años. Tentada estuve un tiempo de ir al local de carretera que frecuentaba e invitarlas a una buena paella, y darles las gracias por el tremendo favor que me hacían.

Nunca me atreví. No hubiese sido que el cenutrio hubiese hecho aparición y, pillado en su falta, hubiese querido conquistarme de nuevo "volviendo al redil".

Con lo bien que vivía yo mientras el refocilaba como una bestia parda con aquellas pobres infelices.


Durante un tiempo tuve la esperanza de que mis cinco vástagos fuesen distintos. Luego tan solo me conformaba con que uno de ellos fuese un hombre de provecho y como dios manda.Finalmente acepté que mejor hubiese críado los cinco cerdos que ahora tengo. Habría sacado tremendos jamones, y, en vez de jamones, lo único que conseguí fueron tremendos chorizos pegados en la taza del bater.
Porque eso si, heredaron la perfección y buen funcionamiento del tracto intestinal de mi padre, que en paz descanse, un gran hombre que jamás supo lo que era un estreñimiento. Y mis hijos cagar, cagaban como dios y como padre.
Jamás necesitaron ingerir fibra. A mi, en cambio, me torturan las hemorroides, desde que tuve que parirlos.

Unas almorranas sangrientas que se inflaman cada vez que los tengo cerca, porque la sangre, lejos de subirse al cerebro, como a todo hijo de vecino, cuando se ofusca o encabrona, a mi se me baja al culo, hinchándose como las morcillas aquellas que engulló el Sangoneras, en paz descanse. Menudo regalo.

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UNA PEQUEÑA PIARA

Para empezar he comprado cinco cerdos. Aun no he decidido el nombre que ponerles, pero seguro que se me ocurre algo. Ponerle nombre a mis cinco hijos fue más fácil. Pero claro, no tuve que pensarlo tanto. Si hubiese sabido lo cabrones que iban a salir ya me habría esforzado por buscarles el nombre apropiado. Por eso ahora me pienso tanto que nombre ponerle a mi chones. No quiero equivocarme.

Cuando nacieron eran sonrosaditos, hermosos y tragones. Me parecían angelitos. A mis vástagos, me refiero.os Luego se mostraron tal y como eran. cinco pedazo de hijos de puta, con perdon de la madre, que soy yo. Pero claro, que se podía esperar teniendo el padre que tenían.
Los cinco se comportaban como verdaderos cerdos. Comían y cagaban de la misma manera. Sin decoro ni recato. Y que decir de lo que soltaban por la boca. La misma pestilencia y diarrea que soltaban por el culo.

Su padre, un individuo repugnante, al que no acabé de conocer hasta tres meses después de casados, les aleccionó bien. No hubo manera de intentar educarles. Ahí estaba siempre el macho de la casa para dejarles patente quien llevaba los pantalones. Lástima que se los bajasen tan rápido y con la menos adecuada.

Claro que, bien pensado, que mujer en sus cabales y con un mínimo de inteligencia, iba a cargar con semejantes cenutrios. Al final los cinco dieron con lo poco que la vida podría ofrecerles: o putas o gilipollas.
No obstente, compadezco de corazón a las putas de mis nueras, a las que lo son quiero decir, porque las que son gilipollas, y cuando digo gilipollas me refiero a las que no llegan a un mínimo de inteligencia, a esas no las compadezco. En realidad esas pobres bobas son felices, porque como no tienen la suficiente inteligencia para comprender la cruz que les ha caído encima, creen que sus maridos son un regalo del cielo. En cambio las putas, ellas, ponen la cama, las pobres infelices.

Afortunadamente, una vez se casaron, mi misión terminó. Me liberé. Mi trabajo como madre, mi obligación moral terminó. En el mismo momento que pasaron por la vicaría y pronunciaron el bendito "si quiero" me dije: ahí os quedais, pedazo cabrones.

Cuando mis cinco vástagos pasaron a destrozar la vida de otras yo decidí tomar las riendas de mi vida. Dejé al cerdo de su padre sentado en el mismo sillón donde había pasado aposentado los últimos 30 años y comencé mi nueva vida.

Ahora tengo cinco pequeños cerdos. Comienzo de nuevo. Pero, a diferencia, de los otros cinco que crié, estos comen y cagan en el mismo sitio, y no dan ni la mitad de por culo que daban ellos. Y, sobre todas las cosas, son más agradecidos. Solo hay que ver lo felices que se sienten revolcándose en su propia mierda y comiendo las sobras de las cáscaras del melón que y me zampo. Y, encima, para mi felicidad, no huelen tan mal como mis propios hijos, y eso es más de lo que podría esperar.

Por todo ello se merecen que les busque un nombre en condiciones. Es más de lo que se merecen esos cinco desagradecidos.



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