
CONTINÚA...
Me quedé sobre la cama en cueros, tal como mi madre me trajo al mundo, con los ojos muy abiertos, esperando su próximo movimiento y pensando que tal vez se había vuelto loco y yo sin saberlo. Se desnudó por completo y pude ver con total exactitud el tamaño de su enorme y asqueroso barrigón, porque no había apagado la luz. Yo hice ademán de hacerlo porque prefería pasar aquel mal trago sin tener que verle la cara de bestia parda que tenía pero me lo impidió.
-Espera, que aun falta la sorpresa que te tengo reservada, pequeña zorra.
Aquellos calcetines que me costaba dios y ayuda convencerle de que los echara a lavar, al menos tres veces por semana. Aquellos calcetines que si los dejabas de pie se mantenían tiesos, como "tiesa" me iba a quedar yo si seguía respirando los efluvios asesinos de sus malolientes pies. Ese olor que se dispersaba por la habitación a causa del trajín...
Y entonces ocurrió un milagro. De su boca salió un berrido furibundo mientras yo me encomendaba a todos los santos del cielo viendo aquella escena reflejada en el espejo. Pensé que por fin había acabado y entonces, justo cuando iba a rematar la faena, el espejo, no se si debido al alarido del cenutrio que tenía entre las piernas o a lo chapuzas que era el cabronazo, se desplomó sobre sus costillas y su cabezón haciéndose añícos sobre su cuerpo. Saltó de la cama, como alma que lleva el diablo, cual gorrino degollado, chorreando sangre por todos lados, como si le hubiesen seccionado la yugular en una matanza.

Finalmente me lanzó sobre la cama, ya desnuda y agotada de tanto forcejeo, y decidí que mejor dejarme facer antes que perder la vida en tremenda pelea, porque aquello parecía un combate entre animales salvajes y yo solo quería acabar con aquella horrible peripecia.
Poco imaginaba yo que aquello solo acababa de empezar.
Poco imaginaba yo que aquello solo acababa de empezar.
Me quedé sobre la cama en cueros, tal como mi madre me trajo al mundo, con los ojos muy abiertos, esperando su próximo movimiento y pensando que tal vez se había vuelto loco y yo sin saberlo. Se desnudó por completo y pude ver con total exactitud el tamaño de su enorme y asqueroso barrigón, porque no había apagado la luz. Yo hice ademán de hacerlo porque prefería pasar aquel mal trago sin tener que verle la cara de bestia parda que tenía pero me lo impidió.
-Espera, que aun falta la sorpresa que te tengo reservada, pequeña zorra.
Era la primera vez que ese pedazo chancho me llamaba así, y le brillaron tanto los ojos al decírmelo, que supe inmediatamente que aquello no podría llegar a buen término.
Se avalanzó sobre mi y me embistió de una manera iracunda y asquerosa. Me llegaba un hedor nauseabundo pero no acertaba a saber de donde venía. Igualmente él se empeñaba en fornicarme de una manera salvaje, cual puerco repugnante en época de celo, pero su cabeza no hacía otra cosa que girarse hacía la derecha y hacia arriba, dando la sensación de que estaba en escorzo o retorcío y yo solo podía pensar en averiguar porque demonios no dejaba de mirar hacia el techo con el cuello de aquella guisa.
Por un momento me vino la imagen de aquella niña de el Exorcista que giraba la cabeza mientras vomitaba sobre un cura, y fue cuando me di cuenta de que aquello era una señal y de que el demonio debía de andar metiendo baza en todo aquello.
Entre tanta embestida, tanto gritarme -¡chilla zorra inmunda¡- y aquel olor asqueroso, no conseguía entender muy bien que estaba pasando. Aquel olor no dejaba de marearme. Era un olor a queso rancio, como a cloaca o moho revenido, y, entre el olor, las embestidas, sus gritos, sus ojos de loco desaforado y el peso de su enorme barriga, creí perder la consciencia.
Fue entonces cuando levanté la vista al cielo para rogarle a dios que acabase con ese tormento y entonces lo comprendí todo. Miré por fin hacia el espejo, cosa que no había hecho por miedo a encontrarme el espíritu de mi santa madre mirando como el hijodeputa del marrano refocilaba sobre mi. Allí arriba estaba reflejada una escena nauseabunda y esperpéntica.
Yo misma, de la que solo aparecía el reflejo de mi rostro desencajado y estupefacto y, sobre mí, el cuerpo sudoroso y tremendo de mi "amado" consorte, cuyo culo y todos sus negros pelos pude apreciar con todo lujo de detalles. Aquel culo se meneaba como si le hubiesen clavado aguijones. Se meneaba arriba y abajo mientras sujetaba mis piernas que ya me dolían de estar tan espatarrada. Y fue cuando pude descubrir de donde venía aquel tufo a muerto.
El muy asqueroso, el muy espeso, no se había quitado los calcetines. Con las prisas del furor sexual ibérico el muy marrano se había despojado de toda la ropa excepto de sus apestosos y raídos calcetines.
Se avalanzó sobre mi y me embistió de una manera iracunda y asquerosa. Me llegaba un hedor nauseabundo pero no acertaba a saber de donde venía. Igualmente él se empeñaba en fornicarme de una manera salvaje, cual puerco repugnante en época de celo, pero su cabeza no hacía otra cosa que girarse hacía la derecha y hacia arriba, dando la sensación de que estaba en escorzo o retorcío y yo solo podía pensar en averiguar porque demonios no dejaba de mirar hacia el techo con el cuello de aquella guisa.
Por un momento me vino la imagen de aquella niña de el Exorcista que giraba la cabeza mientras vomitaba sobre un cura, y fue cuando me di cuenta de que aquello era una señal y de que el demonio debía de andar metiendo baza en todo aquello.
Entre tanta embestida, tanto gritarme -¡chilla zorra inmunda¡- y aquel olor asqueroso, no conseguía entender muy bien que estaba pasando. Aquel olor no dejaba de marearme. Era un olor a queso rancio, como a cloaca o moho revenido, y, entre el olor, las embestidas, sus gritos, sus ojos de loco desaforado y el peso de su enorme barriga, creí perder la consciencia.
Fue entonces cuando levanté la vista al cielo para rogarle a dios que acabase con ese tormento y entonces lo comprendí todo. Miré por fin hacia el espejo, cosa que no había hecho por miedo a encontrarme el espíritu de mi santa madre mirando como el hijodeputa del marrano refocilaba sobre mi. Allí arriba estaba reflejada una escena nauseabunda y esperpéntica.
Yo misma, de la que solo aparecía el reflejo de mi rostro desencajado y estupefacto y, sobre mí, el cuerpo sudoroso y tremendo de mi "amado" consorte, cuyo culo y todos sus negros pelos pude apreciar con todo lujo de detalles. Aquel culo se meneaba como si le hubiesen clavado aguijones. Se meneaba arriba y abajo mientras sujetaba mis piernas que ya me dolían de estar tan espatarrada. Y fue cuando pude descubrir de donde venía aquel tufo a muerto.
El muy asqueroso, el muy espeso, no se había quitado los calcetines. Con las prisas del furor sexual ibérico el muy marrano se había despojado de toda la ropa excepto de sus apestosos y raídos calcetines.
Aquellos calcetines que me costaba dios y ayuda convencerle de que los echara a lavar, al menos tres veces por semana. Aquellos calcetines que si los dejabas de pie se mantenían tiesos, como "tiesa" me iba a quedar yo si seguía respirando los efluvios asesinos de sus malolientes pies. Ese olor que se dispersaba por la habitación a causa del trajín...
Y entonces ocurrió un milagro. De su boca salió un berrido furibundo mientras yo me encomendaba a todos los santos del cielo viendo aquella escena reflejada en el espejo. Pensé que por fin había acabado y entonces, justo cuando iba a rematar la faena, el espejo, no se si debido al alarido del cenutrio que tenía entre las piernas o a lo chapuzas que era el cabronazo, se desplomó sobre sus costillas y su cabezón haciéndose añícos sobre su cuerpo. Saltó de la cama, como alma que lleva el diablo, cual gorrino degollado, chorreando sangre por todos lados, como si le hubiesen seccionado la yugular en una matanza.
De aquella peripecia me quedó un dolor de pelvis increible, el susto en el cuerpo, y la certeza de que nunca más tendría que poner un espejo en ninguna parte. El cabestro se pasó unos meses sin molestarme ni solicitar que cumpliese con mis obligaciones conyugales y yo perdí ese miedo irracional a los espejos. Sigo teniendo los justos y necesarios pero cada vez que paso por delante de alguno no puedo por menos que reirme a carcajadas.
Jamás me propuso ninguna otra recreación de escenas subiditas de tono. Eso si, lo que no conseguí es que se cambiara de calcetines. Hay costumbres demasiado arraigadas.