martes 22 de septiembre de 2009

DE DENUNCIAS Y CALENTONES




Siempre había creído que esto de aparecer en la prensa era cosa que solo les ocurría a famosas, famosillas y otras señoras que, por haber fornicado con el torero de turno, habían saltado al mundo del colorín para solaz y alegría de todas esas personas que, como yo, lo admito, devoramos las vidas ajenas con fruición y entusiasmo. ¡¡Pues no habré llorado yo veces con las obras, milagros y desventuras de Belén Esteban¡¡. Esa sufrida madre que tiene que aguantar una cruz casi tan grande como la mía.


Pero estos días me he dado cuenta de que cualquiera podemos ser objeto de ser perseguidos y yo misma, una mujer humilde, sin ningún afán de notoriedad, ha visto su nombre mancillado en un periodicucho del tres al cuarto. Que ya les digo yo que eso que cuentan son falacias y mentiras. Lo que ocurre es que la envidia es muy mala y esa perra judía, esa vecina que no da su nombre, esa alma caritativa, ha contado lo que ha querido o, más bien, ha imaginado su mente calenturienta. ¡Pero que mala es la envidia¡ Como bien decía mi abuela, que tenía la sabiduría del pueblo, "si la envidia fuese tiña...", pues eso, la deslenguada esta sería una tiñosa de tomo y lomo.

Lo cierto es que yo me dirigía a misa, como cada tarde, no porque yo sea una beata, que ya he dejado claro que los años pasados junto al cabestro me curaron de espanto y me vacunaron contra cualquier sermón eclesiástico, sino más bien por ese gusto malsano que siento al ver a un hombre con sotana. Y es que en el pueblo tampoco hay mucho que ver y una ha de alegrar la vista aunque solo sea unos momentos deleitándose en la observación de un alzacuellos.
Yo acudo a misa y dejo volar la imaginación y por un ratito imagino escenas lujuriosas con Don Ulpiano y así me marcho a casa relajada y contenta y con un aura de iluminada que hasta santa parezco, con la conciencia tranquila y con el cuerpo algo alborotado, eso si.
Pero la noche de autos, como dicen en las series policiacas, llegué un poco antes de que diera comienzo la misa y, como me extrañó no encontrar al cura, me acerqué a la Sacristía por si le hubiese ocurrido algo. Ultimamente le noto algo alterado. Cuando me ve le cuesta respirar y la cara se le pone roja como un pimiento. Yo, que he leído cosas sobre medicina, me preocupé por su saturación de oxígeno, al ver como se alteraba al verme entrar en la sacristía. Porque, allí estaba él, vistiendose con sus ropas para dar misa.


No voy a negar que mis instintos de hembra se despertaron a un tiempo viendo al pater, a medio vestir, y resoplando como un toro en plena lucha. Lo cierto es, que temiendo yo se me desplomase al suelo por una insuficiencia respiratoria, me ofrecí a ayudarle desabrochandole el alzacuellos y soplándole en la cara para refrescarlo.

El pobre hombre, viendo que se ahogaba, me pedía que lo auxiliase y yo, que no sigo los dictados de la iglesia, pero que soy buena cristiana, me dispuse a darle un buen masaje cardiaco y a hacerle la respiración boca a boca, como cualquier alma caritativa hubiese hecho en tremendo momento.

Lo cierto es que no aún no consigo entender que fue lo que me ocurrió pero algo se despertó en mi interior. No se si fué la manera en la que él agitaba su lengua en mi boca o la celeridad con la que su miembro viril se convertía en una roca mientras se apretujaba contra mi cuerpo. La pura verdad es que, de buena gana, lo hubiese montado allí mismo para resucitarlo y arrancarselo de las garras a la parca, porque a mi me parecía que aquel hombre iba a cascarla de un momento a otro. Sus ojos miraban fijos, suplicantes, mientras sus manos se aferraban a mi culo para que no me separase de él.

De nada sirvió explicarle a la vecina chismosa que nos denunció que yo solo quería salvarle. Que le estaba administrando mis conocimientos de primeros auxilios. La muy puerca, nada más vernos en el suelo, salió corriendo por la iglesia, a voz en grito, diciendo que la Porquera estaba mancillando la casa de dios y que, en un ataque de lujuria, estaba abusando del cura. Pobre infeliz.

Lo cierto es que el revuelo armado por esa arpía alertó a las fuerzas vivas del pueblo, o lo que es lo mismo, a la benemérita, que se presentó de ipsofacto en la iglesia, seguido por una caterva de cotillas, ávidas de chismorreos con los que llenar sus vacías y aburridas vidas e insulsas camas.

Y las cosas no han sucedido como ese panfleto reaccionario ha publicado en sus páginas. Que yo me encontraba administrándole los primeros auxilios, en el suelo, eso si. Que yo entiendo que, a bote pronto, la imagen nuestra pudiese llevar a error, pero lo suyo es preguntar primero.

Lo cierto es que Don Ulpiano parecía estar recuperándose cuando, sin saber de donde venían, se abalanzaron sobre mi dos jovenzuelos fornidos, vestidos de verde. Me llevaron presa a las dependencias de la Guardia Civil y no con un comisario, como dicen esos sátrapas embusteros.

Y no, no me fugué con el Comandante del Cuartel. Dios me libre. No quiero tratos con la Guardia Civil, y no porque haya tenido problemas con la ley, sino porque bastante tuve con sufrir al hermano del cabestro, que pertenecia al cuerpo y bien que se aprovechó del uniforme para cometer todo tipo de tropelías.
Y perdonenme ustedes que les deje con la historia a la mitad pero es que estoy escuchando gruñir a mis cerdos pidiendo su ración de comida. Prometo regresar en breve para seguir dando habida cuenta de esta historia y de otras.
Continuará....

jueves 17 de septiembre de 2009

DE LARGAS AUSENCIAS


Me acerco por aquí solo para decirles, queridos amigos, que no he abandonado este rincón donde les hago partícipes de las experiencias y penas de mi sufrida y dilatada vida.

Volveré pronto, es una promesa en firma, tan pronto como salga del calabozo donde me han encerrado injustamente. Yo solo seguía los preceptos que me han inculcado desde niña:

Hay que ser misericordioso, hay que compartir con el pobre, hay que saciar al "que tiene sed". En fin, yo solo quise darle lo que el me pedía....


Volveré pronto con todos ustedes....

domingo 19 de abril de 2009

DEL REY DE LOS CERDOS Y LOS RAYOS ULTRAVIOLETA





Es tremendo ver como pasa el tiempo sin que apenas nos demos cuenta. Eso ratifica mi creencia de que, siendo la vida tan corta como es, uno ha de aprovechar cada momento y disfrutar en esta vida todo lo que uno pueda porque yo, a pesar de las enseñanzas que recibí en mi mas tierna infancia, no creo en la vida eterna ni la vida más allá de la muerte y, mucho menos, que esta vida, la que ahora estamos disfrutando, tenga que ser un valle de lágrimas, un mero paso de sufrimiento y penurias para ganarse ese tan prometido cielo y del que nadie ha vuelto para contarnos sus bondades.
Es más, a estas alturas de mi dilatada vida, no me creo eso de que hay un cielo que nos espera, más que nada porque observo de cerca a esos orondos y rellenos miembros del alto clero y no veo que ellos penen ni se priven de ningun placer aquí en la tierra.

Y como, a donde fueres haz lo que vieres, pues yo, viendo como los eclesiásticos disfrutan de esta única vida que conozco, hago lo propio, a saber: como, duermo, río y follo como si cada día fuese el último.

Y dicho esto, que no se a que viene a cuento, pero aquí está no me queda más que disculparme por mi dilatado abandono de ésta, mi casa, y de ustedes que me reclaman de vez en cuando.

En mi descargo solo puedo decir que estos meses he tenido mucho más trabajo con los puercos del que pensaba y...¡ que coño¡ pues que he andado entretenida con cierto mozo que me tenía ocupadisima en los tiempos muertos que me daban los cerdos.

No obstante, ya les daré detalles de mis andanzas pero primero terminaré por contar la historia en la que andaba metida la última vez que pasé por aquí.

Lo primero decir que me llevé tremenda alegría cuando me enteré de que Quinín se había salvado y de que el puerco vivía a cuerpo de rey en una aldea donde campaba a sus anchas. Que vive tan bien que no se si decir que el dicho hay que darlo la vuelta y empezar a decir que los reyes viven a cuerpo de cerdo. Y si, ya se lo andan algunos pensando. Que hay cerdos que parecen reyes y reyes que parecen cerdos pero no seré yo quien entre en esa polémica.

Si mal no recuerdo estaba contando el verano aquel que pasé en Benidorm junto al cabestro y mis cinco hijos. Andaba yo diciendo que me pasaba las mañanas rezando para que el cerdo de mi marido se ahogase en plena orilla y así poder librarme de tamaño infame. Pero, como siempre que uno lo necesita, dios no escuchó mis plegarias, aunque bien es verdad que cuando te cierra una puerta te abre una ventana. Aunque he llegado a la conclusión de que debe abrirla para que nosotros, pobres mortales, saltemos en plena desesperación y acabemos con tanto sufrimiento.

Lo cierto es que aquellas vacaciones fueron esperpénticas. Yo no veía el momento de volver a la tranquilidad de mi hogar. Bueno, si no tranquilidad, al menos si monotonía. Desde luego era mucho menos vergonzoso saber que el cabestro se iba de putas, ¡pobres¡, que verlo babear detrás de las suecas que se paseaban por aquellas playas y que no le hacían el menor caso.

Gracias a dios o, más bien, a la dependienta de una tienda a pie de playa, la solución a mis desdichas vino de la mano de aquel frasco con olor a coco y con unos pequeños limoncitos colgando del tapón a modo de adorno.


Mis hijos, que desde luego nunca han tenido demasiadas luces, herencia del cabrón del padre, no dejaban de envidiar los torsos morenos de todos los jóvenes que se paseaban junto a aquellas suecas. Pensaban, los muy imbéciles que todo el éxito de aquellos maromos en las artes del ligoteo playero residían en el mayor o menor grado del moreno de la piel.
Pobres infelices. Aún hoy siguen sin entender que una mujer se fija en un hombre no solo por su físico, sino por su inteligencia. Bueno y otras se fijan en la cartera, pero esas suelen ser putas muy listas. Lástima que yo no hubiese sido una de ellas y que ahora me pille ya tan vieja. El caso es que el cabestro y mi prole estaban blancos como la leche. Lo único que lucían moreno eran el careto, el cuello, y los brazos. Ese moreno que los graciosos les da por llamar agroman y que, desde luego, no va desencaminado, porque mira que eran "agro" los seis. Más agro que las amapolas.

El caso es que recibieron esos frascos de aceite como quien recibe el maná en el desierto y cada mañana se embadurnaban el cuerpo con el, desprendiendo un olor tremendamente agradable y dulzón. He de reconocer que su olor a coco era tremendamente embriagador pero que, al formar aquella simbiosis con el cuerpo nauseabundo del cabestro, ha dejado una marca indeleble en mi memoria. Hasta el punto de que no puedo entrar a una de esas tiendas del Yves Rocher, esas que venden cremas con olor a coco, porque es percibir ese aroma y aparecerseme el tripón y el cuerpo deforme y vomitivo del cerdo de mi ex en pelotas por aquellas playas.
Y es que hay cosas que una no puede superar. El muy cabrón, junto al mejunje aquel, se compró un bañador con estampado de leopardo. Un bañador de esos que marcan el paquete. Tremendamente ajustado. Yo creo que fue una venganza de la dependienta, que harta de aguantar sus babosadas, le vendió aquel modelito, tres tallas más pequeño, solo para reirse de él y para conseguir provocarle alguna infección urinaria. Porque cuando se quitaba el bañador aquel llevaba la marca de las gomas en todos los huevos y practicamente en la punta de la verga.

Pero él se paseaba por la playa, intentando meter aquel buche peludo, sin resultado, claro está. Con su piel blanquecina y reluciente y aquella barriga y su espalda cubierta de pelos negros y repugnantes. Se embadurnaban los seis con aquel aceite y se paseaban playa arriba, playa abajo, como si fuesen el mismo Paul Belmondo en la Riviera francesa. Con aquel bañador ínfimo y ridículo y paquete de bisonte sujeto por el bañador junto a la cintura.
Los muy lerdos tenían el convencimiento de que, despidiendo aquel olor, y brillando cual cerdos untados de mantequilla antes de ser asados sobre unas buenas ascuas, se llevarían a aquellas suecas al huerto. Pobres infelices.

Sobra decir que eran el hazmerreir de aquella zona de playa. Yo intentaba esconderme bajo mi enorme sombrero de paja y jugueteaba con la idea de que fuesen barridos por una ola gigante que los borrase de aquella playa, cual tsunami oceánico, pero ni por esas.
Lo cierto es que el milagro llegó cuando menos lo esperaba. Llegadas las dos de la tarde me extrañé de que mi asquerosa progenie y el cerdo de su padre no hubiesen hecho acto de presencia reclamando atiborrarse de comida y cerveza.
Intenté otear entre la multitud y solo podía ver un montón de bellezones rubios de largas piernas y empitonadas tetas en plena algarabía y a risotada limpia. Yo no entendía aquel jolgorio y pensé que debía haber alguna especie de titiritero montando un numerito. Cual no sería mi sorpresa al ver acercarse 6 cuerpos en la lejanía, deslumbrando con un rojo sangre que hacía daño a la vista.
A medida que los seis cuerpos se acercaban, con una sonrisa bobalicona en la cara, he de confesar, me di cuenta de que eran esos 6 hijos de puta que me amargaban la vida desde tiempos inmemoriales. Los muy tarados se habían achicharrado de tanto untarse aquel aceitazo, con el agravante de sus múltiples paseos en busca de la sueca perfecta. Eso, junto al hecho de que solían salpicarse agua como subnormales mientras jugaban en la orilla intentando provocar choques accidentales con las turistas para tocarles las tetas, habían conseguido potenciar los efectos solares de tal manera que su aspecto era el del mismo San Isidro labrador en plena parrilla atea.
No recuerdo que me dejó más perpleja, si las quemaduras de tercer grado con despellejamiento y ampollas de la piel incluídas, o el estado de catatonia conjunta que tenían los muy lerdos al ver la atención que despertaban entre las jacas playeras.
Finalmente, cuando se les pasó el estado de alucinamiento conjunto amén del calentamiento de huevos pertinente (huelga decir el dolor de los mismos que tuvieron durante días después del tremendo calenton y no poder desahogar sus bajos instintos) entraron en un estado de lamento continuo por el dolor y las punzadas que les daban las quemaduras en todo su cuerpo.
Tuve que acompañar a los seis al servicio de urgencias, donde los médicos se dedicaron ha hacerles un monton de fotos con el fin de documentar un estudio sobre los efectos nocivos de la toma de baños de sol constante.
He de decir que el resto de las vacaciones se las pasaron tumbados en el apartamento, cubiertos por paños de agua con té, profiriendo alaridos cual cerdo degollado por buen matarife, mientras yo tomaba mis baños de sol y disfrutaba, por fin, de mis merecidas vacaciones. Y, lo que son las cosas, quiso Dios o quien quiera que fuese, que conociese en esas playas a un maromo de tomo y lomo con el que, por primera vez en mi vida, forniqué como el señor me trajo al mundo, sobre la arena húmeda de Benidorm bañada por las olas del mar. Eso si, sufrí las consecuencias. Un leve escozor en las ingles y la entrepierna de tanto roce con la arena, y es que el bigardo embestía con la fuerza de un toro de lidia.
Y con esto me despido hasta la próxima, no sin antes invitarles a visitar el nuevo sitio deonde escribo mis cosillas, menos autobiógraficas pero igualmente cosas que una piensa humildemente sobre la realidad de la vida. Unas buenas samaritanas me han dejado un hueco en su web y ahí dejo mis pensamientos, por si alguno de ustedes los comparte y quiere dejar su opinión. Espero verles por allí. Solo tienen que ir buscando el conejo de la Salus.
Cuidense.







lunes 17 de noviembre de 2008

DE CERDOS... Y CERDOS...


Pues no he ganado los 3000 euros pero no me puedo quejar. Al menos nueve personas pensaron que me merecía unas buenas vacaciones, aunque de haber ganado con gusto habría donado el premio para salvar a QUININ, ese puerco sin par al que el desalmado de su dueño pretende sacrificar si antes no consigue el rescate de 12.000 euros que pide por su cabeza porcina. De buena gana le cedo un rincón en mi pocilga, junto a mis puercos, con heno fresco donde reposar sus hermosas y tocinas carnes si al final consiguen salvarlo de tamaña infamia.

Tentada estoy de ir al párroco de mi pueblo a pedirle que interceda por el marrano, que casi parece humano, no lo olvidemos. Ya sabemos que los párrocos están en continuo contacto asi que bien podría el mío pedirle ayuda al del pueblo de Quinín para que amenazase con excomulgar al dueño o con la condenación a las llamas eternas del infierno si no libera a Quinín de su sentencia de muerte. Que yo ya se que a todo cerdo le llega su San Martín pero ya podía, por una puta vez, hacer el milagro el dichoso santo de los cojones.

Si es preciso, no solo rezaré los avemarías y los rosarios que el pater me mande sino que, además si es preciso, prometo hacerlo mientras le practico felaciones hasta que se me pele el cielo del paladar o la piel de las rodillas. Todo sea por salvar a un marrano inocente.

Ya veis la ironía del asunto: chuparsela a un marrano para salvar a otro. Desde luego, como decía la perra de mi exsuegra: los caminos de dios son misteriosos e inexcrutables. Y como decía mi vecina: todo en esta vida tiene un precio.
Además no sería la primera vez que la Iglesia intercede por un puerco. Tengo entendido que lo hace desde tiempos inmemoriales. Y si no que no que se lo preguntan a Monseñor Rouco que de interceder por marranos sabe un rato. Miedo me daría tener que levantarle el manto papal a Don Benedicto que a saber la de cochinos que ampara bajo el mismo. Pero de esto mejor os puede hablar mi amigo Amalio Repeinez. Os recomiendo que paseis por su casa. Es una enciclopedia abierta para conocer a fondo los entresijos de tan enorme "obra" divina.


El caso es que tendré que postergar mi viaje al Caribe. Me temo que tendré que ir a Benidorm. No es que me disguste pero no me trae recuerdos demasiado gratos. La última vez que estuve allí fue con la Bestia Parda de mi ex y esos cinco hijos de puta que tengo por hijos. Fue aquel año en el que el cabestro se empeñó en destrozarnos el culo y las hemorroides con aquel papel de lija con el que nos limpiábamos el trasero.

Finalmente ahorramos el dinero pero aquellas vacaciones no dejaban de recordarme que habían sido sufragadas con el dolor de unas almorranas inflamadas y regueros de sangre. Veía Benidorm en los carteles y yo, instintivamente, contraía el culo para evitar cagar. Hasta que punto resulté traumatizada que, si alguien me mienta el dichoso pueblo, siento que me clavan alfileres en el mismo agujero del culo.
El caso es que aquellas vacaciones, vistas desde hoy, me recuerdan a las españoladas de Alfredo Landa, porque estos lerdos se comportaban como verdaderos gañanes. Como unos palurdos, claro que cada uno lo que es.

La verdad sea dicha, yo también estaba sorprendida pero procuraba disimular para no parecer una taruga de pueblo y es que llegamos y aquello era otro mundo.

Había muchas extranjeras y todas medio desnudas. Bueno, comparado con ahora, eran bastante recatadas, pero aquellos bikinis eran escandalosos para una mujer católica como yo y un riesgo enorme para la tensión alterial de mi descerebrada progenie y el cabrón de su padre.
El cabestro se pasaba el día babeando, con los ojos fuera de las órbitas y, por un momento, creí que le iba a dar un siroco al no saber para donde mirar de tanta jaca rubia como paseaba por la playa.
El bajar cada mañana se convirtió en un suplicio. Cargados con la sombrilla, los cubos, la nevera con los bocadillos, las alpargatas, hasta unas aletas para bucear y un tubo rarísimo teníamos que llevar y, una vez avistaban la arena, me cargaban con todos los trastos y salían corriendo a situarse en el mejor lugar para sus "avistamientos" como decían los muy asquerosos.
Aquel espectáculo era vomitivo pero, al menos, me dejaban durante un tiempo disfrutar de mis baños de sol.
Yo no dejaba de preguntarme para que querían mis vástagos aquel tubito tan raro. Se ponían aquellos pies de goma y se metían el tubo en la boca para luego zambullirse en el mar. El cabestro no dejaba de gritarles con gesto airado y su cara se tornaba de un rojo chillón y yo no acertaba a comprender el porqué. Creía que sentía envídia de que mi descendencia pudiese adentrarse en el mar, ya que el mamón de mi esposo no había aprendido a nadar, pero no era exactamente por ese motivo. Lo comprendí cuando una rubia despampanante le plantó un hostión como dios manda y sin consagrar en toda la jeta al mayor de mis hijos.
Los muy hijoputas utilizaban el tubo para sumergirse en la playa y, mientras uno le bajaba el bikini a la sueca de turno, el otro se ponía las botas contemplándole el fafarique a la susodicha.
Lo cierto es que el cabestro era todo un espectáculo. Se metía en el mar hasta donde le cubría por la rodilla y luego se iba sentando poco a poco en el agua, moviendo los brazos, simulando que era un nadador experto, cuando en realidad parecía un león marino embarrancado en la arena.
El y su enorme barriga peluda eran la atracción de feria de cada mañana y yo no podía por menos que sentirme avergonzada. Me pasaba la mañana bajo mi sombrero de paja mientras rezaba con absoluta devoción al mismísimo dios rogándole para que aquel asqueroso peludo se ahogase en aquella pequeña balsa de agua en la que chapoteaba como un cerdo revolcado en lodo....
continuará...

sábado 18 de octubre de 2008

DE TORTILLAS, PREMIOS Y TORTILLERAS

Premios 20Blogs Me he presentado a un concurso. Ya se que es una locura y desde luego no es muy propio de mi, pero me han contado que hay un suculento premio y me he dicho: ¡que coño, Salustiana¡ Ya se que es muy difícil que gane pero también es difícil que gane a la lotería y juego. Es más, hay más posibilidades de que te parta un rayo que de que te toque la lotería, que lo leí yo hace un tiempo.

No es que crea en la suerte pero de vez en cuando llega. Y es que ese dinero me vendría de perlas para darme unas buenas vacaciones.

Es la segunda vez que me presento a un concurso. La primera vez fue hace muchos años. Todo el mundo alababa mis tortillas de patata. Cada vez que venía alguien a comer a casa decían que eran las mejores tortillas del mundo. El cabestro se hinchaba como un pavo, todo orgulloso, como si el que hiciese las tortillas fuese el mismo. El muy cabrón creía en conciencia que, como yo era una especie de posesión suya, pues todos mis méritos no dejaban de ser sus méritos. El muy hijo de puta, que no sabía hacer ni un huevo frito.

Tal era su orgullo que no dejaba de presumir de mis dotes en la cocina y, de paso, dejaba caer que no fue hasta que nos casamos que yo no empecé a cocinar como dios manda, porque él tuvo que darme unas lecciones básicas para que supiese hacer los platos tal y como los cocinaba su santa madre. Eso si, siempre acababa la frase con la misma coletilla: "claro que, como mi santa madre, ella no ha conseguido cocinar nunca, pero es que mi madre era única, con ella rompieron el molde".

Su madre, menuda zorra. Una arpía con cara de bruja que me amargó la existencia hasta el día que estiró la pata. Recuerdo que ese día fuí a la iglesia, pero no a rezar por su alma, como creía el cabestro, sino a ponerle diez velas a la virgen por haberme hecho el milagro de librarme de tamaña fiera corrupía y, de paso, pedirle que la dejasen un buen tiempo en el infierno para que se quemara las cuencas de los ojos. A punto estuve de gritarle al cura que me montara allí mismo, en pleno altar, solo para celebrar la alegría que me había producido el óbito de la susodicha y, de paso, darle un gusto al cura, que no dejaba de mirarme las tetas, a mayor gloria de nuestro señor en las alturas.

Pero ya tendré tiempo de hablaros de mi suegra. El caso es que al cabestro, empeñado en colocarse los laureles, me apuntó a un concurso de tortillas en el barrio sin haberme consultado. A mi no es que me disgustase la idea pero me daba pavor pensar que, precisamente esa vez, podía no quedarme tan sabrosa como de costumbre.

Llegado el día del evento me dispuse a hacer la dichosa tortilla. Allí estabamos todas las mujeres del barrio vestidas con nuestras mejores galas esperando el veredicto. Mientras ellos se dedicaban a beber vino, nosotras teníamos que sonreir cada vez que alguien del jurado cataba nuestra tortilla. Yo que quería salir corriendo y no dejaba de pensar que como no ganase aquel dichoso concurso iba a tener gresca durante quince dias con aquella bola de sebo peluda, o lo que era peor, si ganaba, el muy cabrón se pasaría los días queriendo refocilar conmigo a todas horas con la excusa de celebrar la victoria.

Finalmente dieron el veredicto y la tortilla ganadora fue la mía. Yo me quedé con cara de pánfila y un gesto de terror contenido. Me esperaba una noche horrible, con aquel asqueroso entre mis piernas jadeando como un cerdo, aguantando sus babosadas y ese olor fétido que siempre lo acompañaba. Él, en cambio, estalló a gritar como un loco mientras su cara se ponía roja como un tomate y se estiraba los tirantes, con los pulgares, una y otra vez. Aquellos horribles tirantes con la bandera rojigualda que tanto asco me producían. Yo no dejaba de rezar para que aquellos tirantes se soltasen y le diesen en plena cara para ver si, de aquella manera, dejaba de pegar berridos como un cerdo degollado mientras me palmeaba el culo ostentosamente delante de todo el vecindario. Por un momento llegue a imaginarmelo ahorcado con ellos, todo muy patriotico, con esos tirantes tan afectos al régimen, y con el himno de España como música de fondo.


Sobra decir que el pedazo becerro andaba bastante mamado a esas alturas del evento asi que no se percató del ridículo que estaba haciendo. Tan solo le cambió el semblante cuando me entragaron la placa y leyeron la inscripción en alto. Al hijodeputa se le cortó la borrachera de golpe: "A la mejor tortillera del barrio"

Yo no me percaté de nada en un primer momento porque seguí absorta en esa imagen nauseabunda de mi marido montándome, pero luego las risas me devolvieron a la realidad. Los vecinos se reían y aplaudían mientras a él le daban palmaditas haciendo chistes fáciles y un tanto asquerosos sobre la placa en cuestión y mis preferencias sexuales.
Sus amigotes, esos con los que se iba de putas por las noches y a misa de doce los domingos, no dejaban de palmearle y de decirle burradas tales como que ahora se explicaban porque visitaba tanto el burdel, que quizás "la parienta", osea yo, no cumplía en la cama de la manera tan ardiente que se esperaba de una mujer, y zarandajas por el estilo.
A mi aquello, lejos de ofenderme, tan solo me molestó. Nunca me ha gustado ser motivo de chanza de nadie y mucho menos de una panda de capillitas franquistas, beodos y puteros. Lo que si me molestó fue la sonrisita de sorna del panadero, que no dejaba de mirarme y sonreirse como si me hubiese pillado en una falta tremenda.
Que me diese asco fornicar con la bestia parda de mi marido era una cosa pero que se pusiese en duda mi fogosidad o la atracción que sentía por los hombres, era otra muy distinta.
Harto de fingir con sus amigotes y de aguantar el chaparrón el muy gilipollas me agarró del brazo y me sobó ostentosamente el culo mientras, a voz en grito para que todo el mundo lo oyese, dijo que me llevaba a casa para "asegurarse" de que su mujer cumplía como la hembra que era.
Una vez en casa al cabestro le cambió el semblante. Empezó a bufar como una mala bestia y a gritarme que de buena gana me follaba en mitad de la plaza para que esos rufianes supiesen con quien se jugaban los cuartos. El muy infeliz se sentía humillado, como si el premio hubiese sido una afrenta a su hombría, y creía firmemente que ésta se vería restablecida si me ponía a cuatro patas delante de todo el vecindario. Menudo infeliz.
El muy cabrón sabía que eso no podía hacerlo y no se le ocurrió nada mejor que bajarse la cremallera del pantalón y gritarme que ya podía ponerme de rodillas y cumplir con mis deberes conyugales. Juro por dios que aquello superó con creces todas mis pesadillas y temores. No solo había tenido que aguantar todas las hijoputeces de sus amigotes sino que, además, pretendía que le chupase esa verga asquerosa y sucia, porque a buen seguro no es que no se hubiese duchado, que no lo había hecho, sino que, además habría estado montando a alguna de esas pobres zorras a las que martirizaba con su asqueroso vergajo.
Rapidamente busque una buena excusa para no tener que ponerme de rodillas a succionarle el miembro y lo único que se me ocurrió fue decirle que tendría que confesarme con el cura al día siguiente y ya sabía él que el cura no era muy discreto con determinados temas y acabaría por pedirle cuentas a él mismo o por contarle a todo el mundo las guarradas que me pedía que le hiciese. Que recordase lo que la iglesia decia sobre el sexo, que no es por vicio ni por fornicio.... le sonreí y para convencerle le propuse hacerle la mejor tortilla que hubiese comido en su vida.
Me miró con la cara desencajada y con un bufido furibundo me espetó en plena cara que, a partir de aquel día, las tortillas las haría él. Ni que decir tiene que solo hizo una tortilla o al menos lo intentó. El muy subnormal, intentando dar una lección a mis cinco hijos, decidió lucirse en los fogones y, en vez de dar la vuelta a la tortilla como todo hijo de vecino, decidió lanzarla al aire para voltearla, como si fuese un malabarista. Aquella noche no comimos tortilla, ni ninguna otra. La del cabestro quedó pegada en el techo durante unos segundos para caer sobre su cabeza, poco después, hecha trozos chorreando huevo. Yo jamás volví a hacer una tortilla mientras viví junto a ese pedazo de animal.
Lo que si hice al día siguiente fue ir a comprar el pan bien temprano. Allí estaba, en la trastienda, el panadero, con las mangas subidas y manchado de harina, amasando el pan. Me miró con la misma sonrisa burlona y me preguntó que donde residía el secreto de mis tortillas. Me di media vuelta y cerré el pestillo de la puerta. Me dirigí hacia él, le miré muy de cerca, y le contesté que el secreto era en saber como darle el punto a los huevos cuando los montas.
Por un momento el no supo que decir y yo aproveché su desconcierto para subirme a horcajadas sobre él. Aquella mañana probé en mis propias carnes la fuerza que requieren unas manos para amasar el pan como dios manda y al panadero no le quedaron dudas sobre mis preferencias sexuales ni sobre la destreza de mis manos ya fuese batiendo o en otros menesteres.
Aun guardo aquella vieja placa. La tengo en el cajón de la cómoda, junto a mis bragas. De vez en cuando la miro aunque solo sea para recordar lo bien que sienta revolcarse entre un montón de harina con un hombre fornido y duro por los cuatro costados, y para dar gracias a dios por no haber seguido con ese asqueroso barrigón porque, de haber sido así, no me duelen prendas decir que hubiese llevado a mucha honra el cartel de tortillera, porque hubiese preferido acostarme con cien mil mujeres antes que con aquel guarro impenitente, eso si, después de haberme beneficiado al de los panes.

miércoles 3 de septiembre de 2008

DE ECONOMÍA Y DESGARROS ANALES

Premios 20Blogs

















Al párroco de mi pueblo, en sus sermones dominicales, le ha dado por alertar del pecado y la concupiscencia que esconden estos "aparatos, hijos del demonio", los ordenadores y eso del internet. Yo me sonrío descaradamente, mientras cruzo mis piernas, luciendo mis muslos a la par que a él se le salen los ojos de las órbitas. Sigo disfrutando como una mala puta cuando el cura se empalma.



Me pareció exagerado ese ataque a una simple máquina donde uno encuentra tantas cosas curiosas y donde, yo misma, doy rienda suelta a mi lengua y mis recuerdos y, de paso, me despacho agusto contra tantos prejuicios y tantos años de oscurantismo y represión marital.

Pero he de reconocer que algo de razón tenía el párroco porque ayer mismo descubrí un blog donde un tal Vinicio escribía unas cosas que me produjeron un placer inusitado. El latiquillo de gusto que me corrió por las vértebras me hizo sentir tremendamente excitada.

Resulta incomprensible que una mujer como yo, que solo cree en las relaciones un tanto tradicionales, pueda sentir este nerviosismo en el estómago cada vez que leo a este desconocido, pero es que es mi alma gemela.


Leyendole recordé algunas cosas de mi pasado que, si bien ahora no dejan de tener su gracia, por aquel entonces me producían un gran pesar, amén de buenas escoceduras en las posaderas.


Contaba este hombre experiencias con el uso del papel higiénico de hace años. Aquel papel que llamaban "elefante" y que algunos de vosotros, jovenes amigos, no habreis sufrido en vuestros tiernos culos.

Era ese papel tieso como la mojama, de color marrón, que se usaba para envolver los churros y las porras. Aquel papel era el más barato y el único que existía, pero tiempo después aparecieron los de celulosa suave. Recuerdo con especial dolor ese papel por su dureza y por la tortura que suponía limpiarte el trasero después de defecar.


Una se buscaba trucos para pasar el mal trago y arrugaba un trozo de papel para domarlo y reblandecerlo pero ni por esas. Cuando surgió ese nuevo invento de la celulosa no pude contenerme y compré unos rollos a pesar de lo caros que eran. Cagar se convirtió en un placer y no dejaba de pasarme el papel por el culo solo para sentir esa suavidad donde antes solo había escozor y tortura. Cuantas lágrimas he derramado a causa de ese mal trago que suponía el tener que evacuar.


Pero que poco dura la alegría en casa de los pobres. Tuvo que venir el cabestro, cabrón impenitente, a destrozar aquel momento de relajo y distendiemiento. Y es que, si algo aprende uno con los años, es que hay cosas sagradas, entre ellas el cagar a gusto.


Al saber del precio de los rollos de celulosa, el muy hijo de puta, montó en cólera. Aquello suponía un incremento en los gastos de la compra y por ende un recorte en el dinero ahorrado y la imposibilidad de pasar agosto en Benidorm, su máxima ambición en la vida.


El muy cerdo no dejaba de frotarse las manos y la verga, todo hay que decirlo, pensando en todas esas suecas luciéndo minúsculos bikinis e, incluso, haciendo top less. Esa nueva moda de las extranjeras, algo que en misa mi esposo condenaba ferviertemente pero que, en la intimidad del burdel, con sus amigotes, no dejaba de alabar.



Yo que aguanté estoicamente durante un tiempo los sufrimientos provocados por tremenda estraza no pude soportarlo más allá del tercer parto. El tercero de mis vástagos, con su tremendo cabezón, igualito al cabezón del hijoputa de su padre, me había regalado tremendas almorranas que sangraban virulentamente ante el contacto del papel de marras.


Aquello era como pasarse una lija del 40 por el mismo agujero del culo y, entre sollozos y bufidos, cual Escarlata O´Hara con un puñado de tierra en el puño, en mi caso un trozo de papel ensangrentado y enmierdado, me dije que nunca más sufriría los tormentos de tamaño castigo.


Seguí comprando el papel a escondidas y cada vez que me limpiaba las nalgas sentía una sensación de triunfo, mientras mis vástagos y el cerdo de su padre seguían lijando su apestoso y peludo trasero con aquel papel infame.



Aquello era una penitencia que, lejos de llevarles a la redención y purificación divinas, les iba a llevar derechitos al hospital, eso si, luego a Benidorm, para babear lo indecible ante aquel harén de suecas.



Pero antes de que ellos llegasen al hospital yo perdí los nervios y me planté. Aquello llegó a un límite imposible de aguantar, porque la bestia parda, cada vez que cagaba y usaba ese papel, se pelaba el pandero de tal manera que la taza del bater se llenaba de una maraña de pelos negros repugnantes que luego tenía que limpiar yo. Cierto es que durante un tiempo su culo adquirió un aspecto algo más normal pero prefería que siguiese teniendo esa apariencia repugnante y asquerosa antes que tener que recoger sus putos pelos cada vez que cagaba.


Era tal su obsesión por pasar el verano viendo mujeres con las tetas al aire que caga vez que veía el papel de lija se corría del gusto, literalmente, dejando unos manchurrones repugnantes en sus calzoncillos y pantalones. Durante algún tiempo tuve serias dudas sobre su estado mental. A menudo lo veía entrecerrar los ojos mientras un hilillo de baba le caía de la boca y sostenía entre sus dedos un pedazo de aquel papel asqueroso.



Entonces comenzaban a temblarle ligeramente las rodillas y a enrojecersele la cara de becerro. Jadeaba como un puerco asqueroso y se corría en cualquier parte de la casa, vestido, de pie, como si tal cosa, sin apenas percatarse de que estabamos los demás delante.

Los cinco hijos de puta que parí le reían la gracia y aplaudían y vitoreaban al cabestro como si fuesen a sacarle a hombres de la plaza.



Supe que aquello tenía que terminar. No iba a pasarme, hasta que llegase agosto, soportando las corridas espontaneas ni los jadeos del cabestro y, mucho menos, iba a pasarme los días limpiando los pelos de aquel culo que parecía el de un gorila. Me armé de valor y llevé los rollos que quedaban a la churrería del barrio amenazando con dilapidar el sueldo en el bingo todas tardes y recomendandoles que si no querían usar el papel que yo traía siempre podían marchar al campo a limpiarse el trasero con un canto rodado, como hacía padre en el pueblo cuando no existían las tazas del bater, y padre siempre llevo su culo limpio y sin padecer dolores.



Aquel verano fuimos a Benidorm, capítulo que dejo para otro día, a pesar del gasto en celulosa, y conseguí dejar de ver, al menos por un tiempo, aquellas manchas viscosas y blanquecinas churreteando en los pantalones del puerco, pero lo que no he podido evitar es superar lo de los pelos. A veces, cuando veía la bola de billar que tiene por cabeza me acordaba de aquel derroche capilar y le decía, con toda la mala leche, que más le hubiese valido recoger él aquellos pelos y haberse fabricado un buen peluquín.



Afortunadamente ya ha pasado el tiempo y ahora me río de aquellas cosas y me desquito a lo grande porque ahora cuando cago procuro usar del papel más caro y además perfumado, cago a gusto y con gran relajo, como han de hacerse las cosas serias e importante de la vida, porque ya se sabe: comer y cagar, todo es empezar.

miércoles 11 de junio de 2008

DE CONFESIONES INTIMAS


Yo soy mujer chapada a la antigua, apegada a mis tradiciones y a mis costumbres, por eso el escribir aqui ha sido toda una experiencia. Y me he encontrado un mensaje de una señora de Madrid, se hace llamar la madrileña, desafiandome desde donde ella cuenta sus cosicas, como aqui cuento yo las mías. Cierto es que su vida parece más tranquila y menos rocambolesca que la mía, pero qué sabe una de las miserias que oculta cada cual.

Pues parece ser que esta buena señora me pide que escriba sobre seis cosas que me gustan y que no tengan importancia.
Y como es de bien nacidos ser agradecidos pues espero que la respuesta satisfaga el envite lanzado.
Yo, como ya soy perro viejo, y habiendo vivido lo vivido ya no tengo falsas vergüenzas ni pudores absurdos, asi que confieso, no sin ruborizarme un poco, que a mi me gusta andar tal como me trajo mi madre al mundo por mi casa, en pelotas, hablando en plata . Nada más saludable que dejarse ventilar por el aire que entra por las ventanas y refrescarse el cuerpo. He de decir que en el pueblo en el que vivo el aire es fresco y huele a mies.
Toda una vida viviendo junto a un católico cerril y putero, emperrado en ir a misa de domingo con mantilla y bien tapadita, ha despertado en mi una necesidad, quizás malsana y pecaminosa, de pasearme de esa guisa por mi casa, mostrando mis vergüenzas y mis carnes morenas a todo el que quiera asomarse a mi ventana, porque a estas edades ya está todo el pescao vendido, y como decía mi abuela que en paz descanse: "pa lo que me queda de estar en este convento, me cago dentro". Eso si, a la calle no salgo nunca sin bragas.

¡¡Que sabia era mi abuela, redios¡¡

Me gusta pecar de gula. Suelo disfrutar de la comida como se debe disfrutar del sexo: sin recato, con exceso, con deleite, fruición, glotonería y ferocidad. Comerme unos buenos huevos fritos con chorizo en ese maravilloso aceite de oliva que hacen en mi pueblo y regodearme en sus sabores, mojar el pan en la yema y llenarme la boca hasta reventar. Pero, sobre todo, me gusta pecar de gula en época de vigilia y hartarme a carne cuando la santa madre iglesia lo prohibe. Como hasta que no puedo más y me recreo con cada pedazo de carne roja, poco hecha, que introduzco en mi boca. Confieso que me entra una satisfacción enorme cada vez que trago dicho manjar porque es un pecado más, una felonía que sumar a mi cuenta pendiente con la Iglesia, lo que aumenta el tamaño de mi venganza contra el cabestro.

Eso si, cuando me acuesto le rezo a la virgen y le pido que todos mis pecados reciban su castigo multiplicado por diez, pero que el castigo caiga sobre las espaldas del cabrón de mi exmarido, que como es buen cristiano no tendrá ningún reparo en cargar con mi culpa y mi penitencia.
Asi, a bote pronto, la tercera cosa sin importancia que me gusta hacer es provocar a la curia romana. Desde hace un tiempo he desarrollado una habilidad un tanto perniciosa, lo renoconozco. Me gusta provocar y portarme como una putilla calentorra, como solía llamarlas uno de mis vástagos, aunque él nunca apartaba sus libidinosos ojos de ellas, bueno, los ojos ni el miembro viril.

No llego a comportarme como una guarra en el amplio sentido de la palabra pero algo de ello hay. Me pongo escotes prominentes, excesivamente amplios para una mujer de mi edad y mi talla, una 110 he de confesar. Lo cierto es que la naturaleza me ha dotado de unas ubres inmensas, y es que la naturaleza es sabia, a ver si no como iba a haber amamantado a esos 5 hijos de puta que tuve que parir con dolor y tremendo arrepentimiento. Que quererlos los quiero, porque son mis hijos y hasta los animales tienen ese sentimiento, pero los quiero lejos, bien es verdad.
Pues salgo de paseo vestida de esa guisa, o más bien desvestida, enfundada en un sueter negro bien apretao, con un escote en uve vertiginoso, que casi se me pueden ver hasta las tripas, y una falda negra de tubo, para marcar bien las nalgas, y me voy hacia la iglesia del pueblo, a la hora que sé sale el cura a pasear y me pongo frente a él y lo miro con descaro y me contoneo.
No falla, el párroco empieza a ponerse colorado y a bufar como un toro, trastabillea y cambia de acera, pero tarda lo suficiente para que yo tenga constancia de la "turbación" que le provoco en esa parte de su cuerpo que el señor se ha quedado en exclusiva.
Es tanto el disfrute que siento que ahora suelo hacerlo en las iglesias de los pueblos vecinos y he de confesar con orgullo y sin sonrojos que tengo al clero de esta parte de la comarca haciendo maravillosos y floridos trabajos manuales a mayor gloria mía.
Dejenme pensar... si, la cuarta cosa que me gusta hacer es cuidar de mis cerdos. Ellos me dan la paz de espíritu que otros se han dedicado a menoscabar. Me produce un gran placer sacarlos de paseo, alimentarlos y mantenerlos limpios y bien presentables. Pobrecicos míos, son tan agradecidos que no dan disgusto alguno, y tampoco mucho trabajo, y, aunque les llamen gorrinos, no dejan de ser los animales más limpios que he conocido.
No entiendo como se ha acuñado esa frase que dice "apestas como un cerdo". Señal de que quien la utilizó por primera vez tiene un gran desconocimiento de tan noble animal. Más bien debería haber conocido al asqueroso de mi exmarido. Ese si que mataba con el hedor que desprendía todo su cuerpo, incluidos agujeros por donde podían manar fluídos corporales.
Y la quinta y la sexta cosa que más me gustan, y que no tienen importancia, las tengo aún pendientes porque aun no las he descubierto, pero prometo hacerlo en breve y dar puntual detalle a ustedes que me leen y me siguen.
Son pequeñas asignaturas pendientes que me quedan y que pienso aprobar antes de que la parca venga a buscarme. Y esto es una promesa en firme.